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— Corriente — dije a Chisco por todo comentario a sus informes , que me dieron escalofríos — ; pero ¿ de qué se espantaron los caballos en el Puerto , y por qué me aconsejabas tú que picara al mío de firme ? — Y ¿ por qué es la pregunta a estas horas , si se pué saber ? — preguntó a su vez el espolique , no poco sorprendido . — Porque ha vuelto a clavárseme el caso de repente , ahora mismo , en la memoria , y la ocasión me ha parecido de perlas para que respondas aquí lo que no quisiste responderme en el Puerto . — Pos espantáronse — dijo Chisco algo roncero todavía — ; espantáronse ( y no hay por qué se niegue ya ) , espantáronse . . . del osu . — ¡ Del oso ! — exclamé con los pelos de punta — . ¿ Dónde estaba ? — Estaba . . . como a cincuenta brazas de nos , jechu un reguñu , a la vera de un busquizal . Tomaríale usté por un cantu gordu de los muchus que hay en el Puertu : el que no está avezau a verli de esi arti , confúndilos . Sueli asomar en veces por ayí ; gústali el oreu a lo mejor , y soleáse un pocu , si tien ocasión de eyu . Pero no hay que temeli cosa mayor , porque del hombri ajuyi siempri como el hombri no se meta con él . Con too y con esu , güenu es teneli a distancia , por un por si acasu . . . Conque vamos palanti , si le paez , y no arreceli alcuentrus talis , que por aquí no se usan , y de nochi mayormenti . Con el saboreo de aquellas noticias y de estas « seguridades » , sin un astro visible en el cielo , la tierra envuelta en la más cerrada y tenebrosa de las noches , y empezando a lloviznar , me dejé sumir en la barranca que se abría a corta distancia del santuario , encomendando mi alma a Dios y mi vida al instinto del cuadrúpedo que me conducía . Y así llegué , sin saber cómo ni por dónde ni a qué hora , al suspirado fin de mi jornada memorable . III Un silbido muy original de Chisco ; el latir de un perrazo poco después ; una luz tenue y errabunda aparecida de pronto ; la detención repentina de mi caballo , tras el último par de resbalones con las cuatro patas sobre los lastrales « pendíos » de la vereda ; bultos negros en derredor de la luz y rumor de voces ásperas y de distintas « cuerdas » ; mi descenso dificultoso del caballo , al cual parecía adherido mi cuerpo por los quebrantos de la jornada y los rigores de la intemperie ; mi caída sobre un pecho y entre unos brazos envueltos en tosco ropaje que olía a humo de cocina , y la sensación de unas manazas que me golpeaban cariñosamente las costillas , al mismo tiempo que los brazos me oprimían contra el pecho ; mi nombre repetido muchas veces , junto a una de mis orejas , por una boca desportillada ; mi entrada después , y casi a remolque , en un estragal o vestíbulo muy obscuro ; mi subida por una escalera algo esponjosa de peldaños y trémula de zancas ; mi ingreso , al remate de ella , en otro abismo tenebroso ; mi tránsito por él llevado de la mano , como un ciego ,
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