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Los nuevos clientes de don Ramón atravesaron la oficina tan conmovidos como el otro . ¡ Aquel hombre era un santo ! Lo mismo decían los que estaban en la antesala , gente menuda , con blusa unos y chaqués raídos otros , todos hombres de fe , que llevaban sus ahorros al santuario de la honradez , y mientras aguardaban el turno cuchicheaban , haciéndose lenguas de sus virtudes . Dos días antes , don Ramón , al hacer el balance del mes , notando que resultaban en su favor quinientas pesetas , procedentes sin duda de un error en la cobranza , había ido a confesar la involuntaria falta , entregando la cantidad al cura para que la repartiese entre los pobres . Y la noticia circulando de boca en boca , agrandábase , llegando a arrancar lágrimas de enternecimiento . ¡ Qué hombre aquél ! No ya el dinero , sino la propia sangre se le podía dar con entera confianza . Micaela y Tónica , al estar en la calle , lanzaron un suspiro de satisfacción . ¡ Dios mío ! ¡ Qué peso se quitaban de encima ! Habían dudado un poco antes de entregar sus ahorros , pero ahora sentían una dulce confianza pensando que quedaban arriba , en manos de un hombre a quien todos los días nombraban los periódicos con los títulos de « acaudalado y filantrópico banquero » . VIII La vela del Corpus , con sus anchas listas azules y blancas , sombreaba desde los altos mástiles la plaza de la Virgen . La muchedumbre , endomingada , agitábase en torno de las rocas , admirando una vez más las carrozas tradicionales que todos los años salían a luz : pesados armatostes lavados y brillantes , pero con cierto aire de vetustez , luciendo en sus traseras , cual partida de bautismo , la fecha de construcción : el siglo XVII . Recordaban aquellas enormes fábricas de madera pintada , con su lanza semejante a un mástil de buque y sus ruedas cual piedras de molino , las carrozas sagradas de los ídolos indios o los carromatos simbólicos que güelfos y gibelinos llevaban a sus combates . La gente pasaba revista con una curiosidad no exenta de ternura a la fila de rocas , como si su presencia despertara gratos recuerdos . Allí estaba la roca Valencia , enorme ascua de oro , brillante y luminosa desde la plataforma hasta el casco de la austera matrona que simboliza la gloria de la ciudad ; y después , erguidos sobre los pedestales los santos patronos de las otras rocas : San Vicente , con el índice imperioso , afirmando la unidad de Dios ; San Miguel , con la espada en alto , enfurecido , amenazando al diablo sin decidirse a pegarle ; la Fe , pobre ciega , ofreciendo el cáliz donde se bebe la calma del anulamiento ; el Padre Eterno , con sus barbas de lino , mirando con torvo ceño a Adán y Eva , ligeritos de ropa como si presintiesen el verano , sin otra salvaguardia del pudor que el faldellín de hojas ; la Virgen , con la vestidura azul y blanca , el pelo suelto , la mirada en el cielo y las manos sobre el pecho ; y al final , lo grotesco , lo estrambótico , la bufonada , fiel remedo de la simpatía con que en pasadas épocas se trataban las cosas del infierno , la roca Diablera ; Pintón coronado de verdes culebrones , con la roja horquilla en la diestra , y a sus pies , asomando entre guirnaldas de llamas y serpientes , los Pecados capitales , horribles carátulas con lacias y apolilladas greñas , que asustaban a los chicuelos y hacían reír a los grandes .
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