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El hijo del campanero , examinando los excrementos perdidos en el polvo , enumeraba todas las aves refugiadas en la cúspide de la montaña de piedra . Esto era de búho , lo otro de mochuelo , lo de más allá de cuervo , y hablaba con respeto de cierto nido de águilas que su padre había visto de joven en aquel sitio : feroces animales que pretendían picarle los ojos , y obligaban al buen campanero a pedir la escopeta al guardia nocturno cada vez que había de visitar las bóvedas . A Gabriel le gustaba , por su silencio y su imponente soledad , aquel mundo extraño aposentado en la cabeza de la catedral . Era una selva de maderos poblada de bestias lúgubres que vivía olvidada en el interior de la bóveda craneal del templo . El buen Dios tenía una casa para los fieles y un inmenso desván para las bestias del espacio . La salvaje soledad de las alturas contrastaba con la riqueza de la capilla del Ochavo , llena de reliquias en vasos de oro y arquillas de esmalte y marfil ; con la magnificencia del Tesoro , que amontona las perlas y las esmeraldas con tanta profusión como si fuesen guijarros ; con la elegante abundancia del guardarropa , lleno de telas sobre las cuales reproducía el bordado todos los matices de la pintura . Tenía Gabriel dieciocho años cuando perdió a su padre . El viejo jardinero murió tranquilo viendo a toda su familia al servicio de la catedral , sin que se interrumpiese la sana tradición de los Luna . Tomás , el hijo mayor , quedaba encargado del jardín ; Esteban , después de largos años de monaguillo y ayudante del sacristán , era silenciario y había agarrado la vara de palo con los siete reales diarios , objeto de todas sus ambiciones . En cuanto al menor , tenía el señor Esteban la convicción de haber engendrado un Padre de la Iglesia , al que le estaba reservado un sitio en el cielo a la derecha de Dios omnipotente . Gabriel había adquirido en el Seminario esa dureza eclesiástica que hace del sacerdote un guerrero , más atento a los intereses de la Iglesia que a los afectos de la familia . Por esto no se impresionó gran cosa con la muerte de su padre . Desgracias de mayor gravedad traían preocupado al seminarista . III Eran los tiempos de la revolución de septiembre . En la catedral y el Seminario había gran revuelo , comentándose de la mañana a la noche las noticias de Madrid . La España tradicional y sana , la de los grandes recuerdos históricos , se venía abajo . Las Cortes Constituyentes eran un volcán , un respiradero del infierno para las negras sotanas que formaban corro en torno del periódico desplegado . Por cada satisfacción que les proporcionaba un discurso de Manterola , sufrían disgustos de muerte leyendo las palabras de los revolucionarios , que asestaban fuertes golpes al pasado . La gente clerical volvía sus miradas a don Carlos , que comenzaba la guerra en las provincias del Norte . El rey de las montañas vascongadas pondría remedio a todo cuando bajase a las llanuras de Castilla . Pero transcurrían los años , venía y se iba don Amadeo , ¡ hasta se proclamaba la República ! y la causa de Dios no adelantaba gran cosa . El cielo estaba sordo . Un diputado republicano proclamaba la guerra a Dios , le retaba a que le hiciese enmudecer , y la impiedad seguía inmune y triunfante , derramando su elocuencia como una fuente envenenada .
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