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— ¡ Perdón . . . ! , ¡ perdón ! A la vista de aquella ruina , el padre sintió que se venía abajo su coraje . Sus ojos expresaron una tristeza inmensa , anonadadora . Retrocedió de espaldas hasta la puerta de la habitación seguido por la joven , que avanzaba de rodillas tendiéndole las manos . — Hermano , está bien — dijo con desaliento — . Puedes más que yo : cúmplase tu voluntad . Que se quede , ya que así lo quieres . ¡ Pero que no la vea . . . ! Quedaos : quien se va soy yo . VI La máquina de coser sonaba desde el alba hasta la noche en la casa de los Luna . Este ruido metálico y el martilleo del zapatero eran las únicas manifestaciones de trabajo que turbaban el sagrado silencio del claustro alto . Cuando Gabriel abandonaba el lecho al salir el sol , después de una noche de penosa tos , encontraba ya en la salita de entrada a Sagrario preparando la máquina para la diaria labor . Desde el día siguiente de su vuelta a la catedral había quitado la funda a la máquina , dedicándose al trabajo con tenacidad taciturna , como un medio de pasar inadvertida en las Claverías y que la gente la perdonase su pasado . La vieja jardinera le proporcionaba labores , y el ruido del pespunte sonaba en la antigua habitación , mezclándose muchas veces con las melodías del armónium del maestro de capilla . El Vara de palo pasaba por su casa como una sombra . Permanecía en la catedral o en el claustro bajo , no subiendo a su habitación más que en casos de necesidad . Comía con la cabeza baja , para no mirar a su hija , que estaba sentada al otro extremo de la mesa y parecía próxima a prorrumpir en llanto viéndose ante él . Un silencio penoso envolvía a la familia . Don Luis era el único que , en su inconsciencia de hombre distraído , no se percataba de la situación , y charlaba alegremente con Gabriel de sus esperanzas y de sus entusiasmos musicales . Todo lo encontraba natural , nada le sorprendía ; la vuelta de Sagrario al hogar no le había causado la menor extrañeza . Esteban huía una vez terminada la comida , para no volver a casa hasta la noche . Después de la cena se encerraba en su cuarto , dejando a su hermano y a su hija en la sala de entrada . La máquina volvía a agitarse y don Luis tecleaba el armónium , hasta que sonaban las nueve y el Vara de plata cerraba la escalera de la torre , agitando su manojo de llaves con un ruido que equivalía al antiguo toque de cubrefuego . Gabriel se indignaba contra la tenacidad de su hermano . — Vas a matar a la chica . Lo que haces no es digno de un padre . — No puedo , hermano : me es imposible mirarla . Bastante hago con tolerar en nuestra casa estas cosas . ¡ Ay ! , ¡ si supieras cómo me duelen las miradas de la gente . . . !
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