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La soledad que una voz convierte en continente
Cuando Gabriel García Márquez recibió el Nobel de Literatura en 1982, no presentó América Latina como un objeto exótico que Europa pudiera contemplar desde lejos. Su discurso empieza con relatos de viajes en los que lo verdadero parece fantástico. Después reúne episodios históricos, cifras de violencia y desplazamiento, recuerdos de dictadores y guerras, y finalmente dirige una interpelación a quienes aceptan la originalidad literaria latinoamericana pero desconfían de sus proyectos políticos. La palabra soledad permite enlazar esos materiales, aunque no significa lo mismo cada vez que aparece.
En el comienzo, la distancia es un problema de lectura. El cronista Antonio Pigafetta describe animales y escenas difíciles de encajar en las categorías europeas. García Márquez no pide que se crea cualquier prodigio. Señala una paradoja: un relato puede ser exacto para su autor y, sin embargo, sonar inverosímil a un lector que desconoce el mundo descrito.