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— Desde que te quiero — a su amigo decía — , no tengo miedo a nada , ni a los toros ni a los ladrones . Me siento valiente hasta el heroísmo , y ni la serpiente boa ni el león de la selva me harían pestañear . Cerca ya del antiguo Depósito de aguas veían los armatostes del Tío Vivo , rodeados de tenebrosa soledad . Los caballitos de madera , con las patas estiradas en actitud de correr , parecían encantados . Los balancines , la montaña rusa , destacaban en medio de la noche sus formas extravagantes . Como no había nadie por allí , Tristana y Horacio solían apoderarse durante breves momentos de todos los juguetes grandes con que se divierte el niño - pueblo . . . Ellos también eran niños . No lejos de aquel lugar veían la sombra del Depósito viejo , rodeado de espesas masas de árboles , y hacia la carretera brillaban luces , las del tranvía o coches que pasaban , las de algún merendero en que todavía sonaba rumor pendencioso de parroquianos retrasados . Entre aquellos edificios de humilde arquitectura , rodeados de banquillos paticojos y de rústicas mesas , esperábales Saturna , y allí era la separación , algunas noches tan dolorosa y patética como si Horacio se marchara para el fin del mundo o Tristana se despidiera para meterse monja . Al fin , al fin , después de mucho tira y afloja , conseguían despegarse , y cada mitad se iba por su lado . Aún se miraban de lejos , adivinándose , más que viéndose , entre las sombras de la noche . X Tristana , según su expresión , no temía , después de enamorada , ni al toro corpulento , ni a la serpiente boa , ni al fiero león del Atlas ; pero tenía miedo de D . Lope , viéndole ya cual monstruo que se dejaba tamañitas a cuantas fieras y animales dañinos existen en la creación . Analizando su miedo , la señorita de Reluz creía encontrarlo de tal calidad , que podía , en un momento dado , convertirse en valor temerario y ciego . La desavenencia entre cautiva y tirano se acentuaba de día en día . D . Lope llegó al colmo de la impertinencia , y aunque ella le ocultaba , de acuerdo con Saturna , las saliditas vespertinas , cuando el anciano galán le decía con semblante fosco : — Tú sales , Tristana , sé que sales ; te lo conozco en la cara . Si al principio lo negaba la niña , luego asentía con su desdeñoso silencio . Un día se atrevió a responderle : — Bueno , pues salgo , ¿ y qué ? ¿ He de estar encerrada toda mi vida ? Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos , y luego , entre airado y burlón , le decía : — Porque nada tendrá de particular que , si sales , te acose algún mequetrefe , de estos bacillus virgula del amor que andan por ahí , único fruto de esta generación raquítica , y que tú , a fuerza de oír sandeces , te marees y le hagas caso . Mira , niñita , mira que no te lo perdono . Si me faltas , que sea con un hombre digno de mí . ¿ Y dónde está ese hombre digno rival de lo presente ? En ninguna parte , ¡ vive Dios ! Cree que no ha nacido . . . ni nacerá . Así y todo , tú misma reconocerás que no se me desbanca a mí tan fácilmente . . . Ven acá : basta de moñitos . ¡ Si creerás que no te quiero ya ! ¡ Cómo me echarías de menos si te fueras de mí ! No encontrarías más que tipos , de una insipidez abrumadora . . . Vaya , hagamos las paces . Perdóname si dudé de ti . No , no , tú no me engañas . Eres una mujer superior , que conoce el mérito y . . .
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