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— No , lo que es a buenos no hay quien nos gane — decía Horacio con gracejo — . Nos pasamos ya de angelicales , alma mía . Y eso de imponernos sufrimientos es música , porque bastantes trae la vida sin que nadie los busque . Yo también soy pesimista ; por eso , cuando veo el bien en puerta , lo llamo y no lo dejo marcharse , no sea que después , cuando lo necesite , se empeñe en no venir el muy pícaro . . . Surgía en ambos , con estas y otras cosas , un entusiasmo ardiente ; a las palabras sucedían las ternezas , hasta que un arranque de dignidad y cordura les ponía de perfecto acuerdo para enfrenar su inquietud y revestirse de formalidad , engañosa si se quiere , pero que por el momento les salvaba . Decían cosas graves , pertinentes a la moral ; encomiaban las ventajas de la virtud , y lo hermoso que es quererse con exquisita y celestial pureza . Como que así es más fino y sutil el amor , y se graba más en el alma . Con estas dulces imposturas iban ganando tiempo , y alimentaban su pasión , hoy con anhelos , mañana con suplicios de Tántalo , exaltándola con lo mismo que parecía destinado a contenerla , humanizándola con lo que divinizarla debiera , ensanchando por la margen del espíritu , así como por la de la materia , el cauce por donde aquel raudal de vida corría . XI Por sus pasos contados vinieron las confidencias difíciles , abriéronse las páginas biográficas que más se resisten a la revelación , porque afectan a la conciencia y al amor propio . Es ley de amor el inquirir , y lo es también el revelar . La confesión procede del amor , y por él son más dolorosas las apreturas de la conciencia . Tristana deseaba confiar a Horacio los hechos tristes de su vida , y no se conceptuaba dichosa hasta no efectuarlo . Entreveía o más bien adivinaba el artista un misterio grave en la existencia de su amada , y si al principio , por refinada delicadeza , no quiso echar la sonda , llegó día en que los recelos del hombre y la curiosidad del enamorado pudieron más que sus finos miramientos . Al conocer a Tristana , creyola Horacio , como algunas gentes de Chamberí , hija de D . Lope . Pero Saturna , al llevarle la segunda carta , le dijo : — La señorita es casada , y ese D . Lope , que usted cree papá , es su propio marido inclusive . Estupefacción del joven artista ; pero el asombro no impidió la credulidad . . . Así quedaron las cosas , y por bastantes días persistió en Horacio la costumbre de ver en su conquista la legítima esposa del respetable y gallardo caballero , que parecía figura escapada del Cuadro de las Lanzas . Siempre que ante ella le nombraba , decía : « tu marido acá , tu marido allá . . . » , y ella no se daba maldita prisa en destruir el error . Pero un día , al fin , palabra tras palabra , pregunta sobre pregunta , sintiendo invencible repugnancia de la mentira , y hallándose con fuerzas para cerrar contra ella , Tristana , ahogada de vergüenza y dolor , se determinó a poner las cosas en su lugar .
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