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— Si no es más que eso , yo me basto y me sobro . No soy rico ; pero poseo lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede correr hacia la gloria una pobre cojita . Yo . . . , francamente , creí que usted . . . Queriendo obtener una declaración categórica , y viendo que no la lograba por ataques oblicuos , embistiole de frente : — Pues yo creí que usted , al venir aquí , traía el propósito de casarse con ella . — ¡ Casarme ! . . . ¡ Oh ! . . . no — dijo Horacio , desconcertado por el repentino golpe , pero rehaciéndose al momento — . Tristana es enemiga irreconciliable del matrimonio . ¿ No lo sabía usted ? — ¿ Yo ? . . . No . — Pues sí : lo detesta . Quizás ve más que todos nosotros ; quizás su mirada perspicua , o cierto instinto de adivinación concedido a las mujeres superiores , ve la sociedad futura , que nosotros no vemos . — Quizás . . . Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy larga . En fin , caballero Díaz , quedamos en que se acepta el obsequio del organito ; pero no lo demás : se agradece , eso sí ; pero no se puede aceptar , porque lo veda el decoro . — Y quedamos — dijo Horacio despidiéndose — que vendré a pintar un ratito con ella . — Un ratito . . . , cuando la levantemos , porque no ha de pintar en la cama . — Justo . . . ; pero en tanto , ¿ podré venir . . . ? — ¡ Oh ! , sí , a charlar , a distraerla . Cuéntele usted cosas de aquel hermoso país . — ¡ Ah ! , no , no — dijo Horacio frunciendo el ceño — . No le gusta el campo , ni la jardinería , ni la Naturaleza , ni las aves domésticas , ni la vida regalada y oscura , que a mí me encantan y me enamoran . Soy yo muy terrestre , muy práctico , y ella muy soñadora , con unas alas de extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin . — Ya , ya . . . ( estrechándole las manos ) . Pues venga usted cuando bien le cuadre , caballero Díaz . Y sabe que . . . Despidiole en la puerta ; se metió después en su cuarto , muy gozoso , y restregándose las manos , decía para su sayo : « Incompatibilidad de caracteres . . . , incompatibilidad absoluta , diferencias irreductibles . » XXVII Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de la entrevista . Interrogada paternalmente por el astuto viejo , Tristana le dijo sin rebozo : — ¡ Cuánto ha cambiado ese hombre , pero cuánto ! Paréceme que no es el mismo , y no ceso de representármele como antes era . — Y qué , ¿ gana o pierde en la transformación ? — Pierde . . . al menos hasta ahora . — Parece buen sujeto , sí . Y te estima . Me propuso abonar los gastos de tu enfermedad . Yo lo rechacé . . . Figúrate . . . A Tristana se le encendió el rostro . — No es de estos — añadió D . Lope — que al dejar de amar a una mujer , se despiden a la francesa . No , no ; paréceme atento y delicado . Te regala un órgano expresivo de lo mejor , y toda la música que puedas necesitar . Esto lo acepté : no creí prudente rechazarlo . En fin , el hombre es bueno , y te tiene lástima ; comprende que tu situación social , después de esa pérdida de la patita , exige que se te mime y se te rodee de distracciones y cuidados ; y él empieza por prestarse , como amigo sincero y bondadoso , a darte leccioncitas de pintura .
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