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Que Reluz oía estas cosas con emoción profunda , no hay para qué decirlo . Cierto que no se pegó el tiro ni había para qué ; mas lo mismo fue salir de la cárcel y meterse en su casa , que pillar una calentura maligna que lo despachó en siete días . Debió de ser de la fuerza del agradecimiento , y de las emociones terribles de aquella temporada . Dejó una viudita inconsolable , que por más que se empeñó en seguirle a la tumba por muerte natural , no pudo lograrlo , y una hija de diecinueve abriles , llamada Tristana . III La viuda de Reluz había sido linda antes de los disgustos y trapisondas de los últimos tiempos . Pero su envejecer no fue tan rápido y patente que le quitara a D . Lope las ganas de cortejarla , pues si el código caballeresco de este le prohibía galantear a la mujer de un amigo vivo , la muerte del amigo le dejaba en franquía para cumplir a su antojo la ley de amar . Estaba de Dios , no obstante , que por aquella vez no le saliera bien la cuenta , pues a las primeras chinitas que a la inconsolable tiró , hubo de observar que no contestaba con buen acuerdo a nada de lo que se le decía , que aquel cerebro no funcionaba como Dios manda , y en suma , que a la pobre Josefina Solís le faltaban casi todas las clavijas que regulan el pensar discreto y el obrar acertado . Dos manías , entre otras mil , principalmente la trastornaban : la manía de mudarse de casa y la del aseo . Cada semana , o cada mes por lo menos , avisaba los carros de mudanzas , que aquel año hicieron buen agosto paseándole los trastos por cuantas calles y rondas hay en Madrid . Todas las casas eran magníficas el día de la mudanza , y detestables , inhospitalarias , horribles ocho días después . En esta se helaba de frío , en aquella se achicharraba ; en una había vecinas escandalosas , en otra ratones desvergonzados , en todas nostalgia de otra vivienda , del carro de mudanza , ansia infinita de lo desconocido . Quiso D . Lope poner mano en este costoso delirio ; pero pronto se convenció de que era imposible . El tiempo corto que mediaba entre mudanza y mudanza , empleábalo Josefina en lavar y fregotear cuanto cogía por delante , movida de escrúpulos nerviosos y de ascos hondísimos , más potentes que una fuerte impulsión instintiva . No daba la mano a nadie , temerosa de que le pegasen herpetismo o pústulas repugnantes . No comía más que huevos , después de lavarles el cascarón , y recelosa siempre de que la gallina que los puso hubiera picoteado en cosas impuras . Una mosca la ponía fuera de sí . Despedía las criadas cada lunes y cada martes por cualquier inocente contravención de sus extravagantes métodos de limpieza . No le bastaba con deslucir los muebles a fuerza de agua y estropajo ; lavaba también las alfombras , los colchones de muelles , y hasta el piano , por dentro y por fuera . Rodeábase de desinfectantes y antisépticos , y hasta en la comida se advertían tufos de alcanfor . Con decir que lavaba los relojes está dicho todo . A su hija la zambullía en el baño tres veces al día , y el gato huyó bufando de la casa , por no hallarse con fuerzas para soportar los chapuzones que su ama le imponía .
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