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VI — ¿ Pues en qué quieres que piense , en cosas alegres ? Dime dónde están , dímelo pronto . Para amenizar la conversación , Saturna echaba mano prontamente de cualquier asunto jovial , sacando a relucir anécdotas y chismes de la gárrula sociedad que las rodeaba . Algunas noches se entretenían en poner en solfa a D . Lope , el cual , al verse en tan gran decadencia , desmintió los hábitos espléndidos de toda su vida , volviéndose algo roñoso . Apremiado por la creciente penuria , regateaba los míseros gastos de la casa , educándose , ¡ a buenas horas ! , en la administración doméstica , tan disconforme con su caballería . Minucioso y cominero , intervenía en cosas que antes estimaba impropias de su decoro señoril , y gastaba un genio y unos refunfuños que le desfiguraban más que los hondos surcos de la cara y el blanquear del cabello . Pues de estas miserias , de estas prosas trasnochadas de la vida del D . Juan caído , sacaban las dos hembras materia para reírse y pasar el rato . Lo gracioso del caso era que , como D . Lope ignoraba en absoluto la economía doméstica , mientras más se las echaba de financiero y de buen mayordomo , más fácilmente le engañaba Saturna , consumada maestra en sisas y otras artimañas de cocinera y compradora . Con Tristana fue siempre el caballero todo lo generoso que su pobreza cada vez mayor le permitía . Iniciada con tristísimos caracteres la escasez , en el costoso renglón de ropa fue donde primero se sintió el doloroso recorte de las economías ; pero D . Lope sacrificó su presunción a la de su esclava , sacrificio no flojo en hombre tan devoto admirador de sí mismo . Llegó día en que la escasez mostró toda la fealdad seca de su cara de muerte , y ambos quedaron iguales en lo anticuado y traído de la ropa . La pobre niña se quemaba las cejas , haciendo con sus trapitos , ayudada de Saturna , mil refundiciones que eran un primor de habilidad y paciencia . En los fugaces tiempos , que bien podríamos llamar felices o dorados , Garrido la llevaba al teatro alguna vez ; mas la necesidad , con su cara de hereje , decretó al fin la absoluta supresión de todo espectáculo público . Los horizontes de la vida se cerraban y ennegrecían cada día más delante de la señorita de Reluz , y aquel hogar desapacible , frío de afectos , pobre , vacío en absoluto de ocupaciones gratas , le abrumaba el espíritu . Porque la casa , en la cual lucían restos de instalaciones que fueron lujosas , se iba poniendo de lo más feo y triste que es posible imaginar : todo anunciaba penuria y decaimiento : nada de lo roto o deteriorado se componía ni se reparaba . En la salita desconcertada y glacial solo quedaba , entre trastos feísimos , un bargueño estropeado por las mudanzas , en el cual tenía D . Lope su archivo galante .
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