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Pero estas menudencias , que herían a D . Lope en lo más vivo de su presunción , no afectaban a Tristana tanto como las fastidiosas mañas que iba sacando el pobre señor , pues al derrumbarse tan lastimosamente en lo físico y en lo moral dio en la flor de tener celos . El que jamás concedió a ningún nacido los honores de la rivalidad , al sentir en sí la vejez del león se llenaba de inquietudes , y veía salteadores y enemigos en su propia sombra . Reconociéndose caduco , el egoísmo le devoraba , como una lepra senil , y la idea de que la pobre joven le comparase , aunque solo mentalmente , con soñados ejemplares de belleza y juventud , le acibaraba la vida . Su buen juicio , la verdad sea dicha , no le abandonaba enteramente , y en sus ratos lúcidos , que por lo común eran por la mañana , reconocía toda la importunidad y sinrazón de su proceder , y procuraba adormecer a la cautiva con palabras de cariño y confianza . Poco duraban estas paces , porque al llegar la noche , cuando el viejo y la niña se quedaban solos , recobraba el primero su egoísmo semítico , sometiéndola a interrogatorios humillantes , y una vez , exaltado por aquel suplicio en que le ponía la desproporción alarmante entre su flacidez enfermiza y la lozanía de Tristana , llegó a decirle : — Si te sorprendo en algún mal paso , te mato , cree que te mato . Prefiero terminar trágicamente a ser ridículo en mi decadencia . Encomiéndate a Dios antes de faltarme . Porque yo lo sé , lo sé ; para mí no hay secretos ; poseo un saber infinito de estas cosas , y una experiencia y un olfato . . . que no es posible pegármela , no , no es posible . VII Algo se asustaba Tristana , sin llegar a sentir terror , ni a creer al pie de la letra en las fieras amenazas de su dueño , cuyos alardes de olfato y adivinación estimaba como ardid para dominarla . La tranquilidad de su conciencia dábale valor contra el tirano , y ni aun se cuidaba de obedecerle en sus infinitas prohibiciones . Aunque le había ordenado no salir de paseo con Saturna , se escabullía casi todas las tardes : pero no iban a Madrid , sino hacia Cuatro Caminos , al Partidor , al Canalillo o hacia las alturas que dominan el Hipódromo : paseo de campo , con merienda las más veces , y esparcimiento saludable . Eran los únicos ratos de su vida en que la pobre esclava podía dar de lado a su tristeza , y gozaba de ellos con abandono pueril , permitiéndose correr y saltar , y jugar a las cuatro esquinas con la chica del tabernero , que solía acompañarla , o alguna otra amiguita del vecindario . Los domingos , el paseo era de muy distinto carácter . Saturna tenía a su hijo en el Hospicio , y según costumbre de todas las madres que se hallan en igual caso , salía a encontrarle en el paseo . Comúnmente , al llegar la caterva de chiquillos a un lugar convenido en las calles nuevas de Chamberí , les dan el rompan - filas , y se ponen a jugar . Allí les aguardan ya las madres , abuelas o tías ( del que las tiene ) , con el pañuelito de naranjas , cacahuetes , avellanas , bollos o mendrugos de pan . Algunos corretean y brincan jugando a la toña ; otros se pegan a los grupos de mujeres . Los hay que piden cuartos al transeúnte , y casi todos rodean a las vendedoras de caramelos largos , avellanas y piñones .
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