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Cierto amigo mío , diputado novel , cuyo nombre no pongo aquí porque no viene al caso , estaba entusiasmadísimo con su distrito y singularmente con el lugar donde tenía su mayor fuerza , lugar que nosotros designaremos con el nombre de Villalegre . Esta rica , aunque pequeña población de Andalucía , estaba muy floreciente entonces , porque sus fértiles viñedos , que aún no había destruido la filoxera , producían exquisitos vinos , que iban a venderse a Jerez para convenirse en jerezanos . No era Villalegre la cabeza del partido judicial , ni oficialmente la población más importante del distrito electoral de nuestro amigo ; pero cuantos allí tenían voto estaban tan subordinados a un grande elector , que todos votaban unánimes y , según suele decirse , volcaban el puchero en favor de la persona que el gran elector designaba . Ya se comprende que esta unanimidad daba a Villalegre , en todas las elecciones , la más extraordinaria preponderancia . Agradecido nuestro amigo al cacique de Villalegre , que se llamaba don Andrés Rubio , le ponía por las nubes y nos le citaba como prueba y ejemplo de que la fortuna no es ciega y de que concede su favor a quien es digno de él , pero con cierta limitación , o sea sin salir del círculo en que vive y muestra su valer la persona afortunada . Sin duda , don Andrés Rubio , si hubiera vivido en Roma en los primeros siglos de la era cristiana , hubiera sido un Marco Aurelio o un Trajano ; pero como vivía en Villalegre y en nuestra edad , se contentó y se aquietó con ser el cacique , o más bien el César o el emperador de Villalegre , donde ejercía mero y mixto imperio y donde le acataban todos obedeciéndole gustosos . El diputado novel , no obstante , ensalzaba más a otro sujeto del distrito , porque sin él no se mostraba la omnipotencia bienhechora de don Andrés Rubio . Así como Felipe II , Luis XIV , el papa León X y casi todos los grandes soberanos han tenido un ministro favorito y constante , sin el cual tal vez no hubieran desplegado su maravillosa actitud ni hubieran obtenido la hegemonía para su patria , don Andrés Rubio tenía también su ministro que , dentro del pequeño círculo donde funcionaba , era un Bismarck o un Cavour . Se llamaba este personaje don Francisco López y era secretario del Ayuntamiento , pero nadie le llamaba sino don Paco . Aunque había cumplido ya cincuenta y tres años , estaba tan bien conservado que parecía mucho más joven . Era alto , enjuto de carnes , ágil y recio , con poquísimas canas aún , atusados y negros los bigotes y la barba , muy atildado y pulcro en toda su persona y traje , y con ojos zarcos , expresivos y grandes . No le faltaba ni muela ni diente , que los tenía sanos , firmes y muy blancos e iguales . Pasaba don Paco por hombre de amenísima y regocijada conversación , salpicada de chistes con que hacía reír sin ofender mucho ni lastimar al prójimo , y por hábil narrador de historias , porque conocía perfectamente la vida y milagros , los lances de amor y fortuna y la riqueza y la pobreza de cuantos seres humanos respiraban y vivían en Villalegre y en veinte leguas a la redonda .
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