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— Tú , subida en una silla , verás por ese ventanuco todo lo que pase . Acaso no tengas poco de qué admirarte y de qué reírte . Dicho esto , salió Juanita de la alcoba y dejó en ella a doña Inés como presa , cerrando de súbito la puerta y echando por fuera la llave . — ¿ Qué haces ? — exclamó doña Inés — . ¿ Qué necedad es la tuya ? ¿ Por qué me encierras ? Juanita contestó riendo : — Te encierro para estar segura de tu neutralidad . No te quiero por aliada , sino por testigo . Cállate y mira . Doña Inés , bastante enojada , replicó todavía : — Abreme . ¿ Tendré que arrepentirme de haberme fiado de ti ? ¿ Qué burlas son estas ? — Perdóname , perdóname — dijo Juanita con voz suplicante y dulce — . Tú eres mí madrina , mi protectora y yo no quiero ni debo burlarme de ti . No dudes que conviene lo que hago . Cállate , por Dios . Ten paciencia . Mira y observa sin hablar . Cállate . Oigo ruido . Nuestro hombre ha entrado en casa . Ya sube por la escalera . ¡ Chitón ! Si él sospecha que hay alguien aquí , darás un escándalo y harás una tontería . Doña Inés se resignó y se calló . Pocos segundos después entró don Andrés Rubio en la sala . XLIII Juanita no se arrepentía nunca de lo que había hecho , después de haberlo reflexionado bien o mal ; pero si su voluntad era firme y hasta terca , su entendimiento vacilaba y cambiaba a menudo , porque , sucesivamente cuando no al mismo tiempo , veía el pro y el contra de todas las cosas . Al hallarse en presencia de don Andrés le asaltaron dudas y sintió algo como remordimiento . « ¿ Hasta qué punto — pensó — me puedo permitir la burla que quiero hacer a este hombre , y hasta qué punto se la tiene merecida ? ¿ He sido suficientemente acosada para llegar a este extremo ? » Como si ella misma se contestase , y sin dar tiempo a que don Andrés dijese palabra , Juanita habló de esta suerte : — Perdone vuecencia , señor don Andrés , si le he atraído a mi casa con algo que puede calificarse de engaño . Me pidió vuecencia una cita amorosa , y yo se la he concedido . . . . — Pues entonces — dijo don Andrés — no es mi perdón , sino infinitas gracias lo que tengo que darte . — Así sería — dijo la muchacha — si yo , desmintiendo la lealtad de mi carácter , no hubiese en esta ocasión engañado a vuecencia . Don Andrés era un hombre de mucha calma y de bastante mundo . Presumió que la muchacha quería hacerse valer , ir cediendo poco a poco y no declararse , desde luego , vencida . Tomó , pues , una silla y se sentó con mucho reposo , apercibiéndose a oír lo que la muchacha dijese y hasta a contestarle discutiendo tranquilamente con ella . Aunque la discusión y el coloquio durasen media hora , serían el andante de un dúo y harían más vivo y más grato el allegro que vendría después . Echados estos cálculos y ajustando a ellos su conducta , don Andrés dijo : — Veo con sorpresa que he venido a hacer aquí el extraño papel de tu confesor . Te me confiesas desleal y engañosa . ¿ Qué quieres ? Feos pecados son esos ; pero la pecadora es tan bonita , que yo la perdonaré y la absolveré si se arrepiente .
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