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Dicho esto se fue don Andrés a la calle , no sin besar galantemente , al despedirse , la linda mano que había estado a punto de estrangularle . Apenas salió don Andrés , Juanita abrió la puerta de su alcoba , donde , como en chiquero , había estado doña Inés encerrada . Salió esta de allí algo atontada y muda de espanto . Salió igualmente muy mansa y muy benigna , y aunque perdidas sus ilusiones respecto al misticismo de Juanita , casi tan prendada ahora de su patente bizarría como antes de su misticismo , ya convertido en humo . De todos modos , doña Inés siguió admirando la virtud de Juanita , y aun formó desde allí en adelante sobre su casta entereza un concepto muy superior al que tenemos de las antiguas heroínas que nos ponen por modelo las historias sagradas y profanas . Doña Inés , discurriendo sobre esto , pensó que al fin y al cabo Susana sólo tuvo que defenderse de dos viejos petates y no de un hombre guapo , rico y joven aún , como el cacique . Lucrecia , a lo que doña Inés entendía , sucumbió , aunque se mató después . Y en cuanto a Timoclea , tan ensalzada por Plutarco , y a la que el macedón Alejandro concedió su admiración , todavía doña Inés tenía más que criticar , porque Timoclea , durante el saco de Tebas , no acertó a defenderse del capitán de los tracios , y sólo después le mató arrojándole a un pozo , porque aquel bárbaro le pidió dinero ; de suerte que , si se lo hubiera dado , en vez de pedírselo , él hubiera quedado vivo y la anterior violencia impune . Razón tenía , pues , doña Inés en seguir admirando a Juanita ; en decirle , como le dijo , que se alegraría de tenerla por madre política ; en desistir con gusto de que Juanita se hiciese monja para que no eclipsase a la Monja Alférez y fuese la Monja Generala , y en ofrecerle para el regalo de su boda la cantidad que pensaba dar para la dote de su monjío . Llamada por Juanita , acudió Rafaela , que se quedó estupefacta y boquiabierta al ver allí a doña Inés , a quien acompañó a su casa . Doña Inés prometió volver con don Alvaro a las diez y media . XLV Cuando Juanita se quedó sola se lavó la cara y las manos , se alisó el pelo y sacó del armario el famoso vestido de seda regalo de don Paco . Ella había tenido cuidado de refrescarlo y de modificarlo , dejándola a la moda del día . Con tela que tenía de sobra el corte , y que ella había guardado , se había hecho un nuevo corpiño de medio escote , a propósito para recepciones y tertulias . Se puso este vestido , se miró al espejo y quedó muy satisfecha encontrándose bien . Al volver Rafaela y al ver a Juanita vestida de gala , tuvo nuevo motivo de admiración . Juanita y la criada encendieron después los tres velones que tenían , cada uno con cuatro mecheros . Encendieron además veinte o veintidós velas de cera , y lo iluminaron todo tan ricamente , que la casa parecía aderezada para una solemne fiesta .
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