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— ¡ Ah , mi mujer ! — exclamó Carrascal , y una lágrima que se le había asomado a un ojo pareció irradiarle luz interna — . ¡ Mi mujer ! ¡ la he descubierto ! Hasta mi tremenda desgracia no he sabido lo que tenía en ella . Sólo he penetrado en el misterio de la vida cuando en las noches terribles que sucedieron al suicidio de mi Apolodoro reclinaba mi cabeza en el regazo de ella , de la madre , y lloraba , lloraba , lloraba . Y ella , pasándome dulcemente la mano por la cabeza , me decía : « ¡ Pobre hijo mío ! ¡ pobre hijo mío ! » Nunca , nunca ha sido más madre que ahora . Jamás creí al hacerla madre , ¿ y cómo ? , nada más que para que me diese la materia prima del genio . . . jamás creí al hacerla madre que como tal la necesitaría para mí un día . Porque yo no conocí a mi madre , Augusto , no la conocí ; yo no he tenido madre , no he sabido lo que es tenerla hasta que al perder mi mujer a mi hijo y suyo se ha sentido madre mía . Tú conociste a tu madre , Augusto , a la excelente doña Soledad , si no te aconsejaría que te casases . — La conocí , don Avito , pero la perdí , y ahí , en la iglesia , estaba recordándola . . . — Pues si quieres volver a tenerla , ¡ cásate , Augusto , cásate ! — No , aquélla no , aquélla no la volveré a tener . — Es verdad , pero ¡ cásate ! — ¿ Y cómo ? — añadió Augusto con una forzada sonrisa y recordando lo que había oído de una de las doctrinas de don Avito — ¿ cómo ? ¿ deductiva o inductivamente ? — ¡ Déjate ahora de esas cosas ; por Dios , Augusto , no me recuerdes tragedias ! Pero . . . en fin , si te he de seguir el humor , ¡ cásate intuitivamente ! — ¿ Y si la mujer a quien quiero no me quiere ? — Cásate con la mujer que te quiera , aunque no la quieras tú . Es mejor casarse para que le conquisten a uno el amor que para conquistarlo . Busca una que te quiera . Por la mente de Augusto pasó en rapidísima visión la imagen de la chica de la planchadora . Porque se había hecho la ilusión de que aquella pobrecita quedó enamorada de él . Cuando al cabo Augusto se despidió de don Avito dirigióse al Casino . Quería despejar la niebla de su cabeza y la de su corazón echando una partida de ajedrez con Víctor . XIV Notó Augusto que algo insólito le ocurría a su amigo Víctor ; no acertaba ninguna jugada , estaba displicente y silencioso . — Víctor , algo te pasa . . . — Sí , hombre , sí , me pasa una cosa grave . Y como necesito desahogo , vamos fuera ; la noche está muy hermosa ; te lo contaré . Víctor , aunque el más íntimo amigo de Augusto , le llevaba cinco o seis años de edad y hacía más de doce que estaba casado , pues contrajo matrimonio siendo muy joven , por deber de conciencia , según decían . No tenía hijos . Cuando estuvieron en la calle , Víctor comenzó : — Ya sabes , Augusto , que me tuve que casar muy joven . . . — ¿ Que te tuviste que casar ? — Sí , vamos , no te hagas el de nuevas , que la murmuración llega a todos . Nos casaron nuestros padres , los míos y los de mi Elena , cuando éramos unos chiquillos . Y el matrimonio fué para nosotros un juego . Jugábamos a marido y mujer . Pero aquello fué una falsa alarma . . . — ¿ Qué es lo que fué una falsa alarma ?
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