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— Y ahora — agregó Eugenia levantándose — voy a llamar a mi tío . — ¿ Para qué ? — ¡ Toma , para darle parte ! — ¡ Es verdad ! — exclamó Augusto consternado . Al momento llegó don Fermín . — Mire usted , tío — le dijo Eugenia — , aquí tiene usted a don Augusto Pérez que ha venido a pedirme la mano . Y yo se la he concedido . — ¡ Admirable ! , ¡ admirable ! — exclamó don Fermín — , ¡ admirable ! Ven acá , hija mía , ven acá que te abrace ; ¡ admirable ! — ¿ Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos , tío ? — No , lo que me admira , lo que me arrebata , lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto , los dos solos , sin medianeros . . . ¡ viva la anarquía ! Y es lástima , es lástima que para llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad . . . Por supuesto sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia , ¿ eh ? , pro formula , nada más que pro formula . Porque yo sé que os consideráis ya marido y mujer . ¡ Y en todo caso yo , yo solo , en nombre del Dios anárquico , os caso ! Y esto basta . ¡ Admirable ! ¡ admirable ! Don Augusto , desde hoy esta casa es su casa . — ¿ Desde hoy ? — Tiene usted razón , sí , lo fué siempre . Mi casa . . . ¿ mía ? Esta casa que habito fué siempre de usted , fué siempre de todos mis hermanos . Pero desde hoy . . . usted me entiende . — Sí , le entiende a usted , tío . En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo : ¡ La tía ! Y al entrar ésta en la sala y ver aquello , exclamó : — Ya , ¡ enterada ! ¿ Conque es cosa hecha ? Esto ya me lo sabía yo . Augusto pensaba : « ¡ rana , rana completa ! Y me han pescado entre todos » . — Se quedará usted hoy a comer con nosotros , por supuesto , para celebrarlo . . . — dijo doña Ermelinda . — ¡ Y qué remedio ! — se le escapó al pobre rana . XXVII Empezó entonces para Augusto una nueva vida . Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiando no psicología , sino estética . ¿ Y Rosario ? Rosario no volvió por su casa . La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada fué otra la que se la llevó , una mujer cualquiera . Y apenas se atrevió a preguntar por qué no venía ya Rosario . ¿ Para qué , si lo adivinaba ? Y este desprecio , porque no era sino desprecio , bien lo conocía y , lejos de dolerle , casi le hizo gracia . Bien . Bien se desquitaría él en Eugenia . Que , por supuesto , seguía con lo de : « ¡ Eh , cuidadito y manos quedas ! » ¡ Buena era ella para otra cosa ! Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista , encendiéndole el apetito . Una vez le dijo él : — « ¡ Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos ! » , y ella le contestó : — « ¡ Hazlos ! » — Mas para ello — agregó él — sería conveniente que tocases un poco el piano . Oyéndote en él , en tu instrumento profesional , me inspiraría . — Pero ya sabes , Augusto , que desde que , gracias a tu generosidad , he podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que lo aborrezco . ¡ Me ha costado tantas molestias ! — No importa , tócalo , Eugenia , tócalo para que yo escriba mis versos . — ¡ Sea , pero por única vez ! Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió Augusto esto :
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