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En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta , y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal . Su angustia cambió de forma . — ¡ Estoy paralítico , es la parálisis ! ¡ Y no me van a encontrar ! … Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él , dejándole íntegras sus facultades , a la par que el mareo se aceleraba . Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente . Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección , y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia , la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo … Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto , y de pronto lanzó un grito , un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado : por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras . Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo , y el contador sintió por bajo el calzoncillo , el río de hormigas carnívoras que subían . * * * * * Su padrino halló por fin dos días después , sin la menor partícula de carne , el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa . La corrección que merodeaba aún por allí , y las bolsitas de cera , lo iluminaron suficientemente . No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes , pero se la halla . Las flores con igual carácter abundan en el trópico , y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición — tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa . NUESTRO PRIMER CIGARRO Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a mí , nuestra tía con su muerte . Inés volvía de Buenos Aires , donde había pasado tres meses . Esa noche , cuando nos acostábamos , oímos que Inés decía a mamá : — ¡ Qué extraño ! … Tengo las cejas hinchadas . Mamá examinó seguramente las cejas de tía , pues después de un rato contestó : — Es cierto … ¿ No sientes nada ? — No … sueño . Al día siguiente , hacia las dos de la tarde , notamos de pronto fuerte agitación en casa , puertas que se abrían y no se cerraban , diálogos cortados de exclamaciones , y semblantes asustados . Inés tenía viruela , y de cierta especie hemorrágica que vivía en Buenos Aires . Desde luego , a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama . Las criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no pasen en su casa . Esta vez nuestra tía — ¡ casualmente nuestra tía ! — ¡ enferma de viruela ! Yo , chico feliz , contaba ya en mi orgullo la amistad de un agente de policía , y el contacto con un payaso que saltando las gradas había tomado asiento a mi lado . Pero ahora el gran acontecimiento pasaba en nuestra propia casa ; y al comunicarlo al primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar , había ya en mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos . Esa misma tarde salimos de casa , instalándonos en la única que pudimos hallar con tanta premura , una vieja quinta de los alrededores . Una hermana de mamá , que había tenido viruela en su niñez , quedó al lado de Inés .
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