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Un momento después , el barón Giordano entró con gente del juzgado que , advertida por él , iba a poner los sellos . Quería enviar tarjetas a los amigos del difunto , comunicándoles la dolorosa noticia , pero le rogué que antes leyera la carta que le había dejado Luis al partir . En esa carta le rogaba que ocultase a Luciano la causa de su muerte , y lo invitaba a que hiciera el entierro con el menor ruido posible , y sin pompa alguna . El barón Giordano se encargó de todos esos detalles , y yo fuí a visitar a los señores de Boissy y de Chateaugrand , para rogarles que guardaran reserva sobre el desgraciado suceso , y que aconsejaran a Chateau - Renaud que saliera por algún tiempo de París . — Sería muy posible — les dije , — que de otro modo tuviera este duelo mayores consecuencias para él : naturalmente no hay que decírselo . . . Me prometieron secundar mis deseos en cuanto estuviera en sus manos , y mientras iban a casa de Chateau - Renaud , yo fuí a poner en el correo la carta que anunciaba a la señora de Franchi que su hijo acababa de morir de una fiebre cerebral . X Contra lo acostumbrado en esta clase de asuntos , el duelo hizo poco ruido . Los mismos periódicos , retumbantes y desafinadas trompetas de la publicidad , callaron . Sólo algunos amigos íntimos acompañaron el cuerpo del desgraciado joven al cementerio de Père - Lachaise . Pero , por mucho que se le instara , el de Chateau - Renaud no quiso salir de París . Pensé por un momento hacer seguir la carta de Luis a su familia con una mía ; pero , aunque el fin fuera excelente , aquella mentira respecto de la muerte de un hijo y de un hermano me repugnaba ; hallábame seguro de que el mismo Luis había combatido mucho , antes de decidirse , y que para ello había sido necesario toda la importancia de las razones que me dió . A riesgo de pasar , pues , por indiferente e ingrato , guardé silencio , convencido de que el barón Giordano había hecho lo mismo . Cinco días después del acontecimiento , a eso de las once de la noche , hallábame trabajando en mi escritorio , al lado del fuego , solo , y con una disposición de espíritu bastante displicente , cuando entró mi criado , cerró la puerta tras de sí , y con voz bastante agitada me dijo que el señor de Franchi deseaba hablarme . Me volví y lo miré fijamente : estaba muy pálido . — ¿ Qué dice usted , Víctor ? — le pregunté . — ¡ Ay , señor ! — exclamó , — a decir verdad , ni yo mismo lo sé . — ¿ De qué señor de Franchi , quiere usted hablar ? ¡ Veamos ! . . . — Pues del amigo del señor . . . del que ha venido ya dos o tres veces . . . — ¡ Está usted loco ! . . . ¿ No sabe que hemos tenido la desgracia de perderlo hace cinco días ? — ¡ Sí , señor , y precisamente por eso estoy tan turbado ! . . . Llamó a la puerta ; yo estaba en la antecámara , acudí a abrir , y al verlo retrocedí . . . Entonces entró : preguntó si el señor estaba en casa ; yo me hallaba tan turbado que contesté que sí ; en seguida me dijo : « Pues vaya usted a decirle que el señor de Franchi desea hablarle . . . » .
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