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En cuanto a Luciano , reapareció con su cartuchera , una escopeta de dos cañones de Mantón , y un gorro puntiagudo , obra maestra de bordado salido de las manos de alguna Penélope de Sollecaro . — ¿ Voy también con su excelencia ? — preguntó Griffo . — No , es inútil — contestó Luciano ; — pero suelta a Diamante ; puede que levante algún faisán , y con esta luna se le podrá tirar como si fuera de día . Un momento después , un gran perro de caza daba saltos aullando de alegría en torno nuestro . Dimos diez pasos fuera de casa . — A propósito — dijo Luciano , volviéndose , — avisa en la aldea que si oyen algunos tiros los habremos tirado nosotros , cazando . — Descuide usted , excelencia . — Sin esta precaución — agregó Luciano , — hubieran podido creer que habían vuelto a empezar las hostilidades , y hubiéramos oído el eco de nuestras escopetas , repercutiendo en las calles de Sollecaro . Dimos algunos pasos más , y luego tomamos a la derecha , en una callejuela que conducía en línea recta a la montaña . IV Aunque apenas estuviéramos a principios de marzo el tiempo era magnífico , y hubiera podido decirse que hacía calor , si una brisa encantadora no nos refrescara , trayéndonos , al propio tiempo el acre y vivaz perfume de la mar . La luna clara y brillante levantábase detrás del monte de Cagna , y hubiérase dicho que derramaba cascadas de luz sobre toda la vertiente occidental que separa la Córcega en dos partes y forma en cierto modo de una sola isla dos países diferentes , siempre en guerra o poco menos el uno contra el otro . A medida que subíamos y que las gargantas en que corre el Tavaro se hundían en una noche cuya obscuridad trataba en vano de penetrar la vista , veíamos el Mediterráneo tranquilo , semejante a un bruñido espejo de acero , extenderse en el horizonte . Ciertos ruidos peculiares de la noche , sea porque durante el día desaparecen bajo otros ruidos , sea porque realmente se despiertan con las tinieblas , dejábanse oir entonces y producían — no en Luciano que , acostumbrado a ellos , podía reconocerlos , sino sobre mí , para quien eran extraños , — singulares sensaciones de sorpresa , y mantenían en mi espíritu esa emoción continua que presta mayor interés a todo cuanto se ve . Cuando llegamos a una especie de pequeña encrucijada en que el camino se dividía en dos , es decir en un camino que parecía rodear la montaña y en un sendero además visible que subía recto por ella , Luciano se detuvo . — Veamos — dijo , — ¿ tiene usted piernas de montañés ? — Piernas , sí , pero vista , no . — ¿ Es decir que siente usted vértigos ? — Sí , el vacío me atrae irresistiblemente . — Entonces podemos tomar este sendero que no le presentará precipicios sino simples dificultades de terreno . — ¡ Oh ! en cuanto a las dificultades del terreno estoy tranquilo . — Tomemos , pues , el sendero que nos ahorra tres cuartos de hora de camino . — Tomemos el sendero .
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