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— No es éste el motivo . — Si tal ; ya lo entiendo , y no tenéis razón . Pero hablemos de otra cosa . Después de la función id a casa de Prudencia y permaneced allí hasta que os llame . ¿ Lo oís ? — Sí . ¿ Quién hubiera desobedecido en mi lugar ? — ¿ Me amáis aún ? — continuó . — ¡ Y me lo preguntáis ! — ¿ Habéis pensado en mí ? — Todo el día . — ¡ Ay , Armando ! ¿ Sabéis que temo decididamente enamorarme de vos ? Preguntádselo a Prudencia . — ¿ Para qué ? es inútil — respondió la maciza Duvernoy . — Bueno y ahora volveos a vuestro sillón , porque el conde va a entrar y no conviene que os halle aquí . — ¿ Por qué ? — Porque no os agrada verle . — De ninguna manera : pero creedme que si me hubieseis dicho que deseabais venir esta noche al teatro , hubiera podido enviaros este palco del mismo modo que lo ha hecho el conde . — Desgraciadamente , me lo ha traído sin pedírselo , ofreciendo acompañarme . No ignoráis que yo lo debía aceptar . Todo lo que podía hacer era escribiros a dónde iba para que me vieseis y porque yo misma tenía deseos de veros pronto ; pero toda vez que me lo agradecéis de tal modo , aprovecharé la lección . — No tengo razón , perdonadme . — Bien , perdonado , pero volveos inmediatamente a vuestro asiento , y sobre todo no seáis celoso . Me estrechó afectuosamente la mano y salí . En el pasillo encontré al conde que volvía . Me reinstalé en mi sillón , y después de todo , la presencia del conde G . . . en el palco de Margarita era la cosa sencilla . Había sido su amante , la traía un palco y la acompañaba al espectáculo ; todo esto era lo más natural del mundo , y desde el momento en que yo aceptaba por querida a una joven como Margarita , debía aceptar también sus costumbres . Pero estos razonamientos no consiguieron desterrar de mí cierto disgusto durante el resto de la función , y al salir del teatro , estaba muy mal humorado , después de ver al conde , Prudencia y Margarita subir al coche que a la puerta les esperaba . Disgustado o no , un cuarto de hora después ya me hallaba en casa de Prudencia , quien había llegado pocos segundos antes que yo . CAPÍTULO XIII — Llegáis casi al mismo tiempo que nosotros — dijo Prudencia . — Sí — respondí maquinalmente . — ¿ Dónde está Margarita ? — En su casa . — ¿ Sola ? — Con el señor conde de G . . . Empecé a pasear por el salón a largos pasos . — ¡ Y bien ! ¿ Qué tenéis ? — Nada ; que no deja de ser gracioso que yo aguarde aquí a que el señor conde salga de casa de Margarita . — Pero sed razonable , Armando . Debéis comprender que Margarita no puede decir al conde que se vaya . El señor conde de G . . . ha vivido mucho tiempo con ella , siempre la ha dado mucho dinero , y aún se lo da . Margarita gasta lo menos cien mil francos al año , y tiene muchas deudas . El duque le envía cuanto ella le pide , aunque no se atreve a pedirle todo lo que necesita . No es conveniente que se indisponga con el conde , que a lo menos le da diez mil francos anuales .
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