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— No me habéis comprendido ; estoy a vuestra disposición , y sólo deploro mi insuficiencia para calmar vuestra pena . Si mi compañía y la de mis amigos puede distraeros , si necesitáis de mí , en cualquier terreno que fuere , quiero que me dispenséis el placer de satisfacer vuestros deseos . — Perdonadme una y mil veces — me dijo ; — el dolor exagera las impresiones . Permitid que permanezca aquí algunos minutos más , el tiempo de enjugarme los ojos , para que los bobos de la calle no vean con curiosidad mis lágrimas . Me hacéis un gran bien dándome este libro , y nunca sabré agradeceros tal favor . ¿ Cómo pagároslo ? — Concediéndome vuestra amistad y explicándome el origen de vuestro dolor — repuse . — ¡ Es tan consolador contar nuestros sufrimientos ! — Es verdad , pero hoy no podría ; siento necesidad de llorar , y mis labios no podrían formular las palabras . Otro día os referiré tan triste historia , y podréis apreciar cuán grandes son los motivos que tengo para llorar su muerte . Por último — añadió pasando sus manos por los ojos y mirándose en el espejo , — tened la bondad de decirme que no me halláis demasiado simple , y permitidme que vuelva a visitaros . — ¡ Valor , amigo mío , valor ! — le dije . Y haciendo esfuerzos inauditos para no llorar , mejor huyó que salió de mi casa . Desde el balcón le vi subir al carruaje que le esperaba : apenas entró en él , se puso a llorar como un desesperado , tapándose la cara con el pañuelo . CAPÍTULO V Transcurrieron muchos días sin que oyese hablar de Armando ; en cambio , se hablaba bastante de Margarita . No sé si mis lectores se habrán fijado en ello , pero basta que se diga una vez delante de nosotros el nombre de una persona que parecía sernos desconocida o cuando menos indiferente , para que los detalles vayan agrupándose lentamente en derredor del nombre ; y amigos , conocidos e indiferentes parece que no hablan entonces de otra . Así es cómo descubrimos que esa persona había estado en contacto con nosotros , nos damos cuenta de que la hemos visto muchísimo sin fijarnos , y en lo que de ella se nos cuenta encontramos coincidencias y afinidades con sucesos de nuestra propia vida . No es esto decir que me pasase lo mismo con respecto a Margarita , pues yo la había visto infinitas veces , y la conocía personalmente como conocía su modo de ser ; pero había resonado tanto su nombre en mis oídos desde aquella venta , y hallábase este nombre mezclado con un dolor tan profundo , que mi admiración había crecido con el aguijón de la curiosidad . Tanto era así , que desde entonces las primeras palabras que dirigía a los amigos a quienes no había jamás hablado de Margarita , eran siempre éstas o parecidas : — ¿ Habéis conocido a una tal Margarita Gautier ? — ¿ La Dama de las Camelias ? — Sí . — ¡ Mucho ! Estos muchos solían ir acompañados de sonrisas tan significativas que parecían delaciones . — Y bien , ¿ qué era esa muchacha ? ¿ a qué . . . ? — Una buena muchacha . — ¿ Y nada más ? — ¡ Puede ! Aventajaba en talento , y tal vez también en corazón a otras muchas . — ¿ Sabéis alguna particularidad acerca de ella ?
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