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II IRIS DE PAZ Era D . Álvaro de Córdoba y Álvarez de Toledo un hombre sumamente distinguido , todo afeitado , y afeitado ya a aquella hora ; como de sesenta años de edad ; de cara redonda , pacífica y amable , que dejaba traslucir el sosiego y benignidad de su alma , y tan pulcro , simétrico y atildado en el vestir , que parecía la estatua del método y del orden . Y cuenta que iba muy conmovido y atropellado por la desgracia de su pariente ; pero ni aun así se mostró descompuesto ni faltó en un ápice a la más escrupulosa cortesía . Saludó correctísimamente a Angustias , al Doctor y hasta un poco a la gallega , aunque ésta no le había sido presentada por la señora de Barbastro , y entonces , y sólo entonces , dirigió al Capitán una larga mirada de padre austero y cariñoso , como reconviniéndole y consolándole a la par , y aceptando , ya que no el origen , las consecuencias de aquella nueva calaverada . Entretanto Dª . Teresa , y sobre todo la locuacísima Rosa ( que cuidó mucho de nombrar varias veces a su ama con los dos títulos en pleito ) , enteraron velis nolis al ceremonioso Marqués de todo lo acontecido en la casa y sus cercanías desde que la tarde anterior sonó el primer tiro hasta aquel mismísimo instante , sin omitir la repugnancia de D . Jorge a dejarse cuidar y compadecer por las personas que le habían salvado la vida . Luego que dejaron de hablar la Generala y la gallega , interrogó el Marqués al doctor Sánchez , el cual le informó acerca de las heridas del Capitán en el sentido que ya conocemos , insistiendo en que no debía trasladársele a otro punto , so pena de comprometer su curación y hasta su vida . Por último : el buen D . Álvaro se volvió hacia Angustias en ademán interrogante , o sea explorando si quería añadir alguna cosa a la relación de los demás ; y , viendo que la joven se limitaba a hacer un leve saludo negativo , tomó su excelencia las precauciones nasales y laríngeas , así como la expedita y grave actitud de quien se dispusiese a hablar en un senado ( era senador ) , y dijo entre serio y afable . . . ( Pero este discurso debe ir en pieza separada , por si alguna vez lo incluyen en las Obras completas del Marqués , quien también era literato . . . de los apellidados " de orden " . ) III PODER DE LA ELOCUENCIA — Señores : en medio de la tribulación que nos aflige , y prescindiendo de consideraciones políticas acerca de los tristísimos acontecimientos de ayer , paréceme que en modo alguno podemos quejarnos . . . — ¡ No te quejes tú , si es que nada te duele ! . . . Pero ¿ cuándo me toca a mí hablar ? — interrumpió el Capitán Veneno . — ¡ A ti nunca , mi querido Jorge ! — le respondió el Marqués suavemente . — Te conozco demasiado para necesitar que me expliques tus actos positivos o negativos . ¡ Bástame con el relato de estos señores ! El Capitán , en quien ya se había notado el profundo respeto . . . o desprecio con que sistemáticamente se abstenía de llevar la contraria a su ilustre primo , cruzó los brazos a lo filósofo , clavó la vista en el techo de la alcoba , y se puso a silbar el himno de Riego .
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