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VII LOS PRETENDIENTES DE ANGUSTIAS ¡ Jorge ! — dijo el Marqués al Capitán Veneno , penetrando en la alcoba con aire de despedida . — ¡ Ahí te dejo ! La señora Generala no ha consentido en que corran a nuestro cargo ni tan siquiera el médico y la botica ; de modo que vas a estar aquí como en casa de tu propia madre , si viviese . Nada te digo de la obligación en que te hallas de tratar a estas señoras con afabilidad y buenos modos , al tenor de tus buenos sentimientos , de que no dudo , y de los ejemplos de urbanidad y cortesía que te tengo dados ; pues es lo menos que puedes y debes hacer en obsequio de personas tan principales y caritativas . A la tarde volveré yo por aquí , si mi señora la Condesa me da permiso para ello , y haré que te traigan ropa blanca , las cosas más urgentes que tengas que firmar , y cigarillos de papel . Dime si quieres algo más de tu casa o de la mía . — ¡ Hombre ! — respondió el Capitán . — Ya que eres tan bueno , tráeme un poco de algodón en rama y unos anteojos ahumados . — ¿ Para qué ? — El algodón , para taparme las orejas y no oír palabras ociosas , y las gafas ahumadas , para que nadie lea en mis ojos las atrocidades que pienso . — ¡ Vete al diantre ! — respondió el Marqués , sin poder conservar su gravedad , como tampoco pudieron refrenar la risa Dª . Teresa ni Angustias . Y , con esto , se despidió de ellas el potentado , dirigiéndoles las frases más cariñosas y expresivas , cual si llevara ya mucho tiempo de conocerlas y tratarlas . — ¡ Excelente persona ! — exclamó la viuda , mirando de reojo al Capitán . — ¡ Muy buen señor ! — dijo la gallega , guardándose una moneda de oro que el Marqués le había regalado . — ¡ Un zascandil ! — gruñó el herido , encarándose con la silenciosa Angustias . — ¡ Así es como las señoras mujeres quisieran que fuesen todos los hombres ! ¡ Ah , traidor ! ¡ Seráfico ! ¡ Cumplimentero ! ¡ Marica ! ¡ Tertuliano de monjas ! ¡ No me moriré yo sin que me pague esta mala partida que me ha jugado hoy , al dejarme en poder de mis enemigos ! ¡ En cuanto me ponga bueno , me despediré de él y de su oficina , y pretenderé una plaza de comandante de presidios , para vivir entre gentes que no me irriten con alardes de honradez y sensibilidad ! Oiga usted , señorita Angustias : ¿ quiere usted decirme por qué se está riendo de mí ? ¿ Tengo yo alguna danza de monos en la cara ? — ¡ Hombre ! Me río pensando en lo muy feo que va usted a estar con los anteojos ahumados . — ¡ Mejor que mejor ! Así se librará V . del peligro de enamorarse de mí ! — respondió furiosamente el Capitán . Angustias soltó la carcajada ; doña Teresa se puso verde , y la gallega rompió a decir , con la velocidad de diez palabras por segundo : — ¡ Mi señorita no acostumbra a enamorarse de nadie ! Desde que estoy acá ha dado calabazas a un boticario de la calle Mayor , que tiene coche ; al abogado del pleito de la señora , que es millonario , aunque algo más viejo que usted , y a tres o cuatro paseantes del Buen Retiro . . .
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