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— ¡ Cállate , Rosa ! — dijo melancólicamente la madre . — ¿ No conoces que esas son . . . flores que nos echa el caballero Capitán ? Por fortuna ya me ha explicado su señor primo todo lo que me importaba saber respecto del carácter de nuestro amabilísimo huésped ! Me alegro , pues , de verle de tan buen humor ; y ¡ así esta pícara fatiga me permitiese a mi bromear también ! El Capitán se había quedado bastante mohino , y como excogitando alguna disculpa o satisfacción que dar a madre e hija . Pero sólo le ocurrió decir , con voz y cara de niño enfurruñado que se viene a razones : — Angustias , cuando me duela menos esta condenada pierna , jugaremos al tute arrastrado . . . ¿ Le parece a usted bien ? — Será para mí un señalado honor . . . — contestó la joven , dándole la medicina que le tocaba en aquel instante . — ¡ Pero cuente usted ahora , señor Capitán Veneno , con que le acusaré a usted las cuarenta ! Don Jorge la miró con ojos estúpidos y sonrió dulcemente por la primera vez de su vida . PARTE TERCERA HERIDAS EN EL ALMA I ESCARAMUZAS Entre conversaciones y pendencias por este orden , pasaron quince o veinte días , y adelantó mucho la curación del Capitán . En la frente sólo le quedaba ya una breve cicatriz , y el hueso de la pierna se iba consolidando . — ¡ Este hombre tiene carne de perro ! — solía decir el facultativo . — ¡ Gracias por el favor , matasanos de Lucifer ! — respondía el Capitán en son de afectuosa franqueza . — ¡ Cuando salga a la calle , he de llevarlo a usted a los toros y a las riñas de gallos ; pues es usted todo un hombre ! . . . ¡ Cuidado si tiene hígados para remendar cuerpos rotos ! Doña Teresa y su huésped habían acabado por tomarse mucho cariño , aunque siempre estaban peleándose . Negábale todos los días D . Jorge que tuviese hechura la concesión de la viudedad , lo cual sacaba de sus casillas a la guipuzcoana ; pero a renglón seguido le invitaba a sentarse en la alcoba , y le decía que , ya que no con los títulos de General ni de Conde , había oído citar varias veces en la guerra civil al cabecilla Barbastro como a uno de los jefes carlistas más valientes y distinguidos y de sentimientos más humanos y caballerosos . . . Pero , cuando la veía triste y taciturna , por consecuencia de sus cuidados y achaques , se guardaba de darle bromas sobre el expediente , y la llamaba con toda naturalidad Generala y Condesa ; cosa que la restablecía y alegraba en el acto ; si ya no era que , como nacido en Aragón , y para recordar a la pobre viuda sus amores con el difunto carlista , le tarareaba jotas de aquella tierra , que acababan por entusiasmarla y por hacerla llorar y reír juntamente . Estas amabilidades del Capitán Veneno , y sobre todo , el canto de la jota aragonesa , eran privilegio exclusivo en favor de la madre ; pues tan luego que Angustias se acercaba a la alcoba , cesaban completamente , y el enfermo ponía cara de turco . Dijérase que odiaba de muerte a la hermosa joven , tal vez por lo mismo que nunca lograba disputar con ella , ni verla incomodada , ni que tomase por lo serio las atrocidades que él le decía , ni sacarla de aquella seriedad un poco burlona que el cuitado calificaba de constante insulto .
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