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V PERIPECIA El tan celebrado y jubiloso día en que se levantó el Capitán Veneno había de tener un fin asaz lúgubre y lamentable , cosa muy frecuente en la humana vida , según que más atrás , y por razones inversas a las de ahora , dijimos filosóficamente . Estaba anocheciendo : el médico y el Marqués acababan de retirarse , y Angustias y Rosa habían salido también , por consejo de la muy complacida guipuzcoana , a rezar una Salve a la Virgen del Buen Suceso , que aún tenía entonces su iglesia en la Puerta del Sol , cuando el Capitán , a quien ya habían acostado de nuevo , oyó sonar la campanilla de la calle ; y que Dª . Teresa abría el ventanillo y preguntaba : " ¿ Quién es ? " y que luego decía , abriendo la puerta : " ¿ Cómo había yo de figurarme que viniese usted a estas horas ? ¡ Pase usted por aquí ! " ; y que una voz de hombre exclamaba , alejándose hacia las habitaciones interiores : " Siento mucho , señora . . . " El resto de la frase se perdió en la distancia , y así quedó todo por algunos minutos , hasta que sonaron otra vez pasos , y oyóse al mismo hombre que decía , como despidiéndose : " Celebraré que usted se mejore y tranquilice . . . , " y a doña Teresa que contestaba : " Pierda usted cuidado . . . " ; después de lo cual volvió a sentirse abrir y cerrar la puerta , y reinó en la casa profundo silencio . Conoció el Capitán que algún desagrado había ocurrido a la viuda , y hasta esperó que entrase a contárselo ; pero al ver que no acontecía así , dedujo que el negocio sería del orden de los secretos domésticos , y abstúvose de interpelarla a voces , aunque le pareció oírla suspirar en el inmediato pasillo . . . Volvieron a llamar en esto a la puerta de la calle , e instantáneamente la abrió doña Teresa , lo cual demostraba que no había dado un paso desde que se marchó la visita ; y entonces se oyeron estas exclamaciones de Angustias : — ¿ Por qué nos aguardabas con el picaporte en la mano ? — ¡ Mamá ! — ¿ Qué tienes ? ¿ Por qué lloras ? ¿ Por qué no me respondes ? — ¡ Estás mala ! — ¡ Jesús , Dios mío ! ¡ Rosa ! ¡ Ve corriendo y llama al doctor Sánchez ! ¡ Mi mamá se muere ! — ¡ Ven ! ¡ Espera ! Ayúdame a llevarla al sofá de la sala . . . — ¿ No ves que se está cayendo ? — ¡ Pobre Madre mía ! ¡ Madre de mi alma ! ¿ Qué tienes , que no puedes andar ? Efectivamente : D . Jorge , desde la alcoba , vio entrar en la sala a doña Teresa casi arrastrando , colgada del cuello de su hija y de la criada , y con la cabeza caída sobre el pecho . Acordose entonces Angustias de que el Capitán estaba en el mundo , y dio un grito furioso , encarose con él , y le dijo : — ¿ Qué le ha hecho usted a mi madre ? — ¡ No ! ¡ No ! . . . ¡ Pobrecito ! ¡ Él no sabe nada ! . . . — se apresuró a decir la enferma con amoroso acento . — Me he puesto mala yo sola . . . Ya se me va pasando . . . El Capitán estaba rojo de indignación y de vergüenza . — ¡ Ya lo está usted oyendo , señorita Angustias ! — exclamó al fin en son muy amargo y triste . — ¡ Me ha calumniado usted inhumanamente ! Pero , ¡ ah ! no . . . ¡ Yo soy quien me he calumniado a mí mismo desde que estoy acá ! ¡ Merecida tengo esa injusticia de usted ! ¡ Doña Teresa ! . . . ¡ No haga usted caso de esa ingrata , y dígame que ya está buena del todo , o reviento aquí , donde me veo atado por el dolor y crucificado por mi enemiga !
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