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— Otra vez defendiste en mi casa , ¿ te acuerdas ? , a Caín , al envidioso , y luego , en aquel inolvidable discurso que me moriré leyéndotelo , en aquel discurso a que debo lo más de mi reputación , nos enseñaste , me enseñaste a mí al menos , el alma de Caín . Pero Caín no era ningún vulgar , ningún ramplón , ningún mediocre . . . — Pero fué el padre de los envidiosos . . . — Sí , pero de otra envidia , no de la de esa gente . . . La envidia de Caín era algo grande ; la del fanático inquisidor es lo más pequeño que hay . Y me choca verte entre ellos . . . « Pero este hombre — se decía Joaquín al separarse de Abel — es que lee en mí ? Aunque no , parece no darse cuenta de lo que me pasa . Habla y piensa como pinta , sin saber lo que dice y lo que pinta . Es un inconsciente , aunque yo me empeñe en ver en él un técnico reflexivo . . . » XVII Enteróse Joaquín de que Abel andaba enredado con una antigua modelo , y esto le corroboró en su aprensión de que no se había casado con Helena por amor . « Se casaron — decíase — por humillarme . » Y luego se añadía : « Ni ella , ni Helena le quiere , ni puede quererle . . . ella no quiere a nadie , es incapaz de cariño , no es más que un hermoso estuche de vanidad . . . Por vanidad , y por desdén a mí , se casó , y por vanidad o por capricho es capaz de faltar a su marido . . . Y hasta con el mismo a quien no quiso para marido . . . » Surgíale a la vez de entre pavesas una brasa que creía apagada al hielo de su odio , y era su antiguo amor a Helena . Seguía , sí , a pesar de todo , enamorado de la pava real , de la coqueta , de la modelo de su marido . Antonia le era muy superior , sin duda , pero la otra era la otra . Y luego , la venganza . . . es tan dulce la venganza ! Tan tibia para un corazón helado ! A los pocos días fué a casa de Abel , acechando la hora en que éste se hallara fuera de ella . Encontró a Helena sola con el niño , a aquella Helena , a cuya imagen divinizada había en vano pedido protección y salvación . — Ya me ha dicho Abel — le dijo su prima — que ahora te ha dado por la iglesia . Es que Antonia te ha llevado a ella , o es que vas huyendo de Antonia ? — Pues ? — Porque los hombres soléis haceros beatos o a rastras de la mujer o escapando de ella . . . — Hay quien escapa de la mujer , y no para ir a la iglesia precisamente . — Sí , eh ? — Sí , pero tu marido , que te ha venido con el cuento ese , no sabe algo más , y es que no sólo rezo en la iglesia . . . — Es claro ! Todo hombre devoto debe hacer sus devociones en casa . — Y las hago . Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me salve . — Me parece muy bien . — Y sabes ante qué imagen pido eso ? — Si tú no me lo dices . . . — Ante la que pintó tu marido . . . Helena volvió la cara de pronto , enrojecida , al niño que dormía en un rincón del gabinete . La brusca violencia del ataque la desconcertó . Mas reponiéndose dijo :
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