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— Es que honrado no es precisamente bueno — intercaló don Vicente , el magistrado . — Ahora lo ha dicho usted , don Vicente . Y gracias a Dios que le oigo a un magistrado alguna sentencia razonable y justa ! — De modo — dijo Joaquín — que uno no debe confesarse honrado . Y pillo ? — No hace falta . — Lo que quiere el señor Cuadrado — dijo don Vicente , el magistrado — es que los hombres se confiesen bellacos y sigan siéndolo ; no es eso ? — Bravo ! — exclamó el diputado provincial . — Le diré a usted , hijo mío — contestó Federico , pensando la respuesta . — Usted debe saber cuál es la excelencia del sacramento de la confesión en nuestra sapientísima Madre Iglesia . . . — Alguna otra barbaridad — interrumpió el magistrado . — Barbaridad , no , sino muy sabia institución . La confesión sirve para pecar más tranquilamente , pues ya sabe uno que le ha de ser perdonado su pecado . No es así , Joaquín ? — Hombre , si uno no se arrepiente . . . — Sí , hijo mío , sí , si uno se arrepiente , pero vuelve a pecar y vuelve a arrepentirse y sabe cuando peca que se arrepentirá y sabe cuando se arrepiente que volverá a pecar , y acaba por pecar y arrepentirse a la vez ; no es así ? — El hombre es un misterio — dijo León Gómez . — Hombre , no digas sandeces ! — le replicó Federico . — Sandez , por qué ? — Toda sentencia filosófica , así , todo axioma , toda proposición general y solemne , enunciada aforísticamente , es una sandez . — Y la filosofía , entonces ? — No hay más filosofía que ésta , la que hacemos aquí . . . — Sí , desollar al prójimo . — Exacto . Nunca está mejor que desollado . Al levantarse la tertulia , Federico se acercó a Joaquín a preguntarle si se iba a su casa , pues gustaría de acompañarle un rato , y al decirle éste que no , que iba a hacer una visita allí , al lado , aquél le dijo : — Sí , te comprendo ; eso de la visita es un achaque . Lo que tú quieres es verte solo . Lo comprendo . — Y por qué lo comprendes ? — Nunca se está mejor que solo . Pero cuando te pese la soledad , acude a mí . Nadie te distraerá mejor de tus penas . — Y las tuyas ? — le espetó Joaquín . — Bah ! ¡ Quién piensa en eso . . . ! Y se separaron . XXIII Andaba por la ciudad un pobre hombre necesitado , aragonés , padre de cinco hijos y que se ganaba la vida como podía , de escribiente y a lo que saliera . El pobre acudía con frecuencia a conocidos y amigos , si es que un hombre así los tiene , pidiéndoles con mil pretextos que le anticiparan dos o tres duros . Y lo que era más triste , mandaba a alguno de sus hijos , y alguna vez a su mujer , a las casas de los conocidos con cartitas de petición . Joaquín le había socorrido algunas veces , sobre todo cuando le llamaba a que viese , como médico , a personas de su familia . Y hallaba un singular alivio en socorrer a aquel pobre hombre . Adivinaba en él una víctima de la maldad humana . Preguntóle una vez por él a Abel .
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