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— Y crees tú que por irme yo , por quitarme yo de en medio habría de quererte ? Si a ti , Joaquín , aunque uno se proponga no puede quererte . . . Si rechazas a la gente . . . . — Lo ves , lo ves . . . — Y si el niño no te quiere como tú quieres ser querido , con exclusión de los demás o más que a ellos , es que presiente el peligro , es que teme . . . — Y qué teme ? — preguntó Joaquín , palideciendo . - - - El contagio de tu mala sangre . Levantóse entonces Joaquín , lívido , se fué a Abel y le puso las dos manos , como dos garras , en el cuello , diciendo : Bandido ! Mas al punto las soltó . Abel dió un grito , llevándose las manos al pecho , suspiró un « Me muero ! » y dió el último respiro . Joaquín se dijo : « El ataque de angina ; ya no hay remedio ; se acabó ! » En aquel momento oyó la voz del nieto que llamaba : « Abuelito ! Abuelito ! » Joaquín se volvió : — A quién llamas ? A qué abuelo llamas ? A mí ? — Y como el niño callara lleno de estupor ante el misterio que veía : — Vamos , dí , a qué abuelo ? A mí ? — No , al abuelito Abel . — A Abel ? Ahí le tienes . . . muerto . Sabes lo que es eso ? Muerto . Después de haber sostenido en la butaca en que murió el cuerpo de Abel , se volvió Joaquín al nieto y con voz de otro mundo le dijo : — Muerto , sí ! Y le he matado yo , yo , ha matado a Abel Caín , tu abuelo Caín . Mátame ahora si quieres . Me quería robarte ; quería quitarme tu cariño . Y me lo ha quitado . Pero él tuvo la culpa ; él . Y rompiendo a llorar , añadió : — Me quería robarte a ti , a ti , al único consuelo que le quedaba al pobre Caín ! No le dejarán a Caín nada ? Ven acá , abrázame . El niño huyó sin comprender nada de aquello , como se huye de un loco . Huyó llamando a Helena : abuela , abuela ! — Le he matado , sí — continuó Joaquín solo ; — pero él me estaba matando ; hace más de cuarenta años que me estaba matando . Me envenenó los caminos de la vida con su alegría y con sus triunfos . Quería robarme el nieto . . . Al oir pasos precipitados , volviendo Joaquín en sí , volvióse . Era Helena , que entraba . — Qué pasa . . . qué sucede . . . qué dice el niño . . . — Que la enfermedad de tu marido ha tenido su fatal desenlace — dijo Joaquín heladamente . — Y tú ? — Yo no he podido hacer nada . En esto se llega siempre tarde . Helena le miró fijamente y le dijo : — Tú . . . tú has sido ! Luego se fué , pálida y convulsa , pero sin perder su compostura , al cuerpo de su marido . XXXVIII Pasó un año , en que Joaquín cayó en una honda melancolía . Abandonó sus Memorias , evitaba ver a todo el mundo , incluso a sus hijos . La muerte de Abel había aparecido el natural desenlace de su dolencia , conocida por su hija , pero un espeso bochorno de misterio pesaba sobre la casa . Helena encontró que el traje de luto la favorecía mucho y empezó a vender los cuadros que de su marido le quedaban . Parecía tener cierta aversión al nieto . Al cual le había nacido ya una hermanita .
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