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La salida de la plaza fue triste , al través del gentío que ocupaba los alrededores del circo , de los carruajes y automóviles , de las largas filas de tranvías . Rodaba el coche de Gallardo con lento paso , para no atropellar a los grupos de espectadores que salían de la plaza . Estos se apartaban ante las mulas , pero al reconocer al espada parecían arrepentidos de su amabilidad . Gallardo adivinaba en el movimiento de sus labios tremendas injurias . Pasaban junto al coche otros carruajes ocupados por hermosas mujeres con mantillas blancas . Unas volvían la cabeza , como para no ver al torero ; otras le miraban con ojos de desconsoladora conmiseración . El espada achicábase , como si quisiera pasar inadvertido ; se ocultaba detrás de la corpulencia del Nacional , ceñudo y silencioso . Un grupo de muchachos rompió a silbar siguiendo el carruaje . Muchos de los que estaban de pie en las aceras les imitaron , creyendo vengarse así de su pobreza , que les había obligado a permanecer toda una tarde fuera de la plaza con la esperanza de ver algo . La noticia del fracaso de Gallardo había circulado entre ellos , y le insultaban , contentos de humillar a un hombre que ganaba enormes riquezas . Esta protesta sacó al espada de su resignado mutismo . — ¡ Mardita sea ! . . . Pero ¿ por qué sirban ? ¿ Han estao acaso en la corría ? . . . ¿ Les ha costao el dinero ? . . . Una piedra dio contra una rueda del coche . La pillería vociferaba junto al estribo ; pero llegaron dos guardias a caballo y deshicieron la manifestación , escoltando después por todo lo alto de la calle de Alcalá al famoso Juan Gallardo . . . « el primer hombre del mundo » . X Acababan las cuadrillas de salir al redondel , cuando sonaron fuertes golpes en la puerta de Caballerizas . Un empleado de la plaza se acercó a ella gritando con mal humor . No se entraba por allí ; debían buscar otra puerta . Pero una voz le contestó desde fuera con insistencia , y abrió . Entraron un hombre y una mujer : él con sombrero blanco cordobés ; ella vestida de negro y con mantilla . El hombre estrechó la mano del empleado , dejando dentro de ella algo que humanizó su fiero gesto . — Me conose usté , ¿ verdá ? . . . — dijo el recién venido — . ¿ De vera que no me conose ? . . . Soy el cuñao de Gallardo , y esta señora es su esposa . Carmen miraba a todos lados en el abandonado patio . A lo lejos , tras las recias paredes de ladrillo , sonaba la música y se percibía la respiración de la muchedumbre , cortada por gritos de entusiasmo y rumores de curiosidad . Las cuadrillas desfilaban ante el presidente . — ¿ Dónde está ? — preguntó ansiosa Carmen . — ¿ Dónde ha de está , mujé ? — repuso el cuñado con rudeza — . En la plasa cumpliendo con su obligasión . . . Es una locura haber venío ; un disparate . ¡ Este carácter tan flojo que tengo ! Carmen siguió mirando en torno de ella , pero con cierta indecisión , como arrepentida de haber llegado hasta allí . ¿ Qué iba a hacer ? . . .
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