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Al verla fijos los ojos en él , Gallardo se puso de pie . . . ¡ Ay ! ¡ el momento supremo iba a llegar ! El héroe marchaba hacia ella para estrujarla con varonil apasionamiento , para vencerla , haciéndola suya . — Güeñas noches , doña Zol . . . Me voy , es tarde . Usté querrá descansar . A impulsos de la sorpresa y el despecho , ella también se puso de pie , y sin saber lo que hacía , le tendió la mano . . . ¡ Torpe y sencillo como un héroe ! Pasaron atropelladamente por su pensamiento todos los convencionalismos femeniles , los reparos tradicionales , que no olvida ninguna mujer ni aun en los momentos de mayor abandono . No era posible su deseo . . . ¡ La primera vez que entraba en su casa ! ¡ Ni el más leve simulacro de resistencia ! . . . ¡ Ir ella a él ! . . . Pero al estrechar la mano del espada vio sus ojos ; unos ojos que sólo sabían mirar con apasionada fijeza , confiando a la muda tenacidad sus esperanzas tímidas , sus deseos silenciosos . — No te vayas . . . Ven : ¡ ven ! Y no dijo más . IV Una gran satisfacción para su vanidad vino a unirse a los numerosos motivos que hacían que Gallardo sintiérase orgulloso de su persona . Cuando hablaba con el marqués de Moraima contemplábalo con un cariño casi filial . Aquel señor vestido como un hombre del campo , rudo centauro de zajones y fuerte garrocha , era un ilustre personaje que podía cubrirse el pecho de bandas y cruces y vestir en el palacio de los reyes una casaca llena de bordados con una llave de oro cosida a un faldón . Sus más remotos ascendientes habían llegado a Sevilla con el monarca que expulsó a los moros , recibiendo como premio de sus hazañas inmensos territorios quitados al enemigo , restos de los cuales eran las vastas llanuras en las que pacían actualmente los toros del marqués . Sus abuelos más próximos habían sido amigos y consejeros de los monarcas , gastando en el fausto de la corte una gran porción de su patrimonio . Y este gran señor bondadoso y franco , que guardaba en la llaneza de su vida campesina la distinción de su ilustre ascendencia , era para Gallardo algo así como un pariente próximo . El hijo del remendón enorgullecíase lo mismo que si hubiese entrado a formar parte de la noble familia . El marqués de Moraima era su tío ; y aunque no pudiera confesarlo públicamente ni el parentesco fuese legítimo , consolábase pensando en el dominio que ejercía él sobre una hembra de la familia , gracias a unos amoríos que parecían reírse de todas las leyes y prejuicios de raza . Primos suyos eran también , y parientes en grado más o menos cercano , todos aquellos señoritos que antes le acogían con la familiaridad un tanto desdeñosa con que los aficionados de rango hablan a los toreros , y a los que ahora comenzaba él a tratar como si fuesen sus iguales . Acostumbrado a que doña Sol hablase de ellos con la familiaridad del parentesco , Gallardo creía vejatorio para su persona no tratarlos con igual confianza . Su vida y sus costumbres habían cambiado . Entraba poco en los cafés de la calle de las Sierpes , donde se reunían los aficionados . Eran buenas gentes , sencillas y entusiastas , pero de poca importancia : pequeños comerciantes , obreros que se habían convertido en patronos , modestos empleados , vagos sin profesión que vivían milagrosamente de ocultos expedientes , sin otro oficio conocido que hablar de toros .
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