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— No , no le conozco . — ¡ Pues yo sí ! — Quién sabe . . . La pobre enferma se desvaneció . Poco después llamaba a su marido . Y al salir éste del cuarto iba desencajado y pálido como un cadáver . La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y Ramiro , y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas , destilando , había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el pequeñito , que iba rindiéndose también de hambre . Y Gertrudis , dejando que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta , no hacía sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito . Procuraba irle engañando el hambre , sosteniéndole a biberón . — ¿ Y esa ama ? — ¡ Hasta mañana no podrá venir , señorita ! — Mira , Tula — empezó Ramiro . — ¡ Déjame ! ¡ Déjame ! ¡ Vete al lado de tu mujer , que se muere de un momento a otro ; vete , que allí es tu puesto , y déjame con el niño ! — Pero , Tula . . . — Déjame , te he dicho . Vete a verla morir ; a que entre en la otra vida en tus brazos ; ¡ vete ! ¡ Déjame ! Ramiro se fué . Gertrudis tomó a su sobrinito , que no hacía sino gemir ; encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos , uno de sus pechos de doncella que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre , le retemblaba por los latidos del corazón — era el derecho — , puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo . Y éste gemía más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco . — Un milagro , Virgen Santísima — gemía Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas — ; un milagro , y nadie lo sabrá , nadie . Y apretaba como una loca al niño a su seno . Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta . Metióse el pecho , lo cubrió , se enjugó los ojos y salió a abrir . Era Ramiro , que le dijo : — ¡ Ya acabó ! — Dios la tenga en su gloria . Y ahora , Ramiro , a cuidar de éstos . — ¿ A cuidar ? Tú . . . tú . . . porque sin ti . . . — Bueno , ahora a criarlos te digo . VII Ahora , ahora que se había quedado viudo era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa , su mujer . Uno de sus consuelos , el mayor , era recojerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio . Primero el noviazgo , aquel noviazgo , aunque no muy prolongado , de lento reposo , en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre , y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero ; aquel noviazgo de recato y de reserva , bajo la mirada de Gertrudis , que era todo alma . Repasaba en su mente Ramiro , lo recordaba bien , cómo la presencia de Gertrudis , la tía Tula de sus hijos , le contenía y desasosegaba , cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios , sino a medir sus palabras .
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