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Di dos pasos adelante ; quise llamarla , quise gritar , no sé , me acometió como un vértigo , pero en aquel instante la puerta claustral se cerró . . . para siempre . Se agitaron las campanillas , los sacerdotes alzaron un ¡ Hosanna ! subieron por el aire nubes de incienso , el órgano arrojó un torrente de atronadora armonía por cien bocas de metal , y las campanas de la torre comenzaron á repicar , volteando con una furia espantosa . Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos . Volví los ojos á mi alrededor buscando á los padres , á la familia , huérfanos de aquella mujer . No encontré á nadie . — Tal vez era sola en el mundo — dije ; y no pude contener una lágrima . — ¡ Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo ! — exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba á mi lado , y sollozaba y gemía agarrada á la reja . — ¿ La conoce usted ? — le pregunté . — ¡ Pobrecita ! Sí , la conocía . Y la he visto nacer y se ha criado en mis brazos . — ¿ Y por qué profesa ? — Porque se vió sola en el mundo . Su padre y su madre murieron en el mismo día del cólera , hace poco más de un año . Al verla huérfana y desvalida , el señor deán la dió el dote para que profesase ; y ya veis . . . ¿ qué había de hacer ? — ¿ Y quién era ella ? — Hija del administrador del conde de C . . . al cual serví yo hasta su muerte . — ¿ Dónde vivía ? Cuando oí el nombre de la calle , no pude contener una exclamación de sorpresa . Un hilo de luz , ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la confusión de la mente , y reune los puntos más distantes ; los relaciona entre sí de un modo maravilloso , ató mis vagos recuerdos , y todo lo comprendí ó creí comprenderlo . . . . . . . . Esta fecha que no tiene nombre , no la escribí en ninguna parte . . . Digo mal ; la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la puede leer , y de donde no se borrará nunca . Algunas veces recordando estos sucesos , hoy mismo al consignarlos aquí , me he preguntado : — Algún día en esa hora misteriosa del crepúsculo , cuando el suspiro de la brisa de primavera , tibio y cargado de aromas , penetra hasta en el fondo de los más apartados retiros , llevando allí como una ráfaga de recuerdos del mundo , sola , perdida en la penumbra de un claustro gótico , la mano en la mejilla , el codo apoyado en el alféizar de una ojiva , ¿ habrá exhalado un suspiro alguna mujer al cruzar su imaginación la memoria de estas fechas ? ¡ Quién sabe ! ¡ Oh ! Y si ha suspirado , ¿ dónde estará ese suspiro ? LA CORZA BLANCA I En un pequeño lugar de Aragón , y allá por los años de mil trescientos y pico , vivía retirado en su torre señorial un famoso caballero llamado don Dionís , el cual , después de haber servido á su rey en la guerra contra infieles , descansaba á la sazón , entregado al alegre ejercicio de la caza , de las rudas fatigas de los combates .
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