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Cuando la misma Pepita apenas se había dado cuenta de que amaba a D . Luis , ya Antoñona lo sabía . Apenas empezó Pepita a lanzar sobre él aquellas ardientes , furtivas e involuntarias miradas que tanto destrozo hicieron , miradas que nadie sorprendió de los que estaban presentes , Antoñona , que no lo estaba , habló a Pepita de las miradas . Y no bien las miradas recibieron dulce pago , también lo supo Antoñona . Poco tuvo , pues , la señora que confiar a una criada tan penetrante y tan zahorí de cuanto pasaba en lo más escondido de su pecho . A los cinco días de la fecha de la última carta que hemos leído , empieza nuestra narración . Eran las once de la mañana . Pepita estaba en una sala alta al lado de su alcoba y de su tocador , donde nadie , salvo Antoñona , entraba jamás sin que llamase ella . Los muebles de aquella sala eran de poco valor , pero cómodos y aseados . Las cortinas y el forro de los sillones , sofás y butacas , eran de tela de algodón pintada de flores ; sobre una mesita de caoba había recado de escribir y papeles ; y en un armario , de caoba también , bastantes libros de devoción y de historia . Las paredes se veían adornadas con cuadros , que eran estampas de asuntos religiosos ; pero con el buen gusto , inaudito , raro , casi inverosímil en un lugar de Andalucía , de que dichas estampas no fuesen malas litografías francesas , sino grabados de nuestra Calcografía , como el Pasmo de Sicilia de Rafael , el San Ildefonso y la Virgen , la Concepción , el San Bernardo y los dos medios puntos de Murillo . Sobre una antigua mesa de roble , sostenida por columnas salomónicas , se veía un contadorcillo o papelera con embutidos de concha , nácar , marfil y bronce , y muchos cajoncitos , donde guardaba Pepita cuentas y otros documentos . Sobre la misma mesa había dos vasos de porcelana con muchas flores . Colgadas en la pared había por último , algunas macetas de loza de la Cartuja sevillana , con geranio - hiedra y otras plantas , y tres jaulas doradas con canarios y jilgueros . Aquella sala era el retiro de Pepita , donde no entraban de día sino el médico y el padre vicario , y donde a prima noche entraba sólo el aperador a dar sus cuentas . Aquella sala era y se llamaba el despacho . Pepita estaba sentada , casi recostada en un sofá , delante del cual había un velador pequeño con varios libros . Se acababa de levantar , y vestía una ligera bata de verano . Su cabello rubio , mal peinado aún , parecía más hermoso en su mismo desorden . Su cara , algo pálida y con ojeras , si bien llena de juventud , lozanía y frescura , parecía más bella con el mal que le robaba colores . Pepita mostraba impaciencia ; aguardaba a alguien . Al fin llegó y entró sin anunciarse la persona que aguardaba , que era el padre vicario . Después de los saludos de costumbre , y arrellanado el padre vicario en una butaca al lado de Pepita , se entabló la conversación . — Me alegro , hija mía , de que me hayas llamado ; pero sin que te hubieras molestado en llamarme , ya iba yo a venir a verte . ¡ Qué pálida estás ! ¿ Qué padeces ? ¿ Tienes algo importante que decirme ? A esta serie de preguntas cariñosas , empezó a contestar Pepita con un hondo suspiro . Después dijo :
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