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La furia del conde , retenida por algunos minutos , estalló y le cegó . Era robusto , tenía unos puños de hierro , y sacudía con el sable una lluvia de tajos sin orden ni concierto . Cuatro veces tocó a D . Luis , por fortuna siempre de plano . Lastimó sus hombros , pero no le hirió . Menester fue de todo el vigor del joven teólogo para no caer derribado a los tremendos golpes y con el dolor de las contusiones . Todavía tocó el conde por quinta vez a D . Luis , y le dio en el brazo izquierdo . Aquí la herida fue de filo , aunque de soslayo . La sangre de D . Luis empezó a correr en abundancia . Lejos de contenerse un poco , el conde arremetió con más ira , para herir de nuevo : casi se metió bajo el sable de D . Luis . Éste , en vez de prepararse a parar , dejó caer el sable con brío y acertó con una cuchillada en la cabeza del conde . La sangre salió con ímpetu y se extendió por la frente y corrió sobre los ojos . Aturdido por el golpe , dio el conde con su cuerpo en el suelo . Toda la batalla fue negocio de algunos segundos . D . Luis había estado sereno , como un filósofo estoico , a quien la dura ley de la necesidad obliga a ponerse en semejante conflicto , tan contrario a sus costumbres y modo de pensar ; pero , no bien miró a su contrario por tierra , bañado en sangre , y como muerto , D . Luis sintió una angustia grandísima y temió que le diese una congoja . Él , que no se creía capaz de matar un gorrión , acaso acababa de matar a un hombre . Él , que aún estaba resuelto a ser sacerdote , a ser misionero , a ser ministro y nuncio del Evangelio , hacía cinco o seis horas , había cometido o se acusaba de haber cometido en nada de tiempo todos los delitos y de haber infringido todos los mandamientos de la ley de Dios . No había quedado pecado mortal de que no se contaminase . Sus propósitos de santidad heroica y perfecta se habían desvanecido primero . Sus propósitos de una santidad más fácil , cómoda y burguesa , se desvanecían después . El diablo desbarataba sus planes . Se le antojaba que ni siquiera podía ya ser un Filemón cristiano , pues no era buen principio para el idilio perpetuo el de rasgar la cabeza al prójimo de un sablazo . El estado de D . Luis , después de las agitaciones de todo aquel día , era el de un hombre que tiene fiebre cerebral . Currito y el capitán , cada uno de un lado , le agarraron y llevaron a su casa . D . Pedro de Vargas se levantó sobresaltado cuando le dijeron que venía su hijo herido . Acudió a verle , examinó las contusiones y la herida del brazo , y vio que no eran de cuidado , pero puso el grito en el cielo diciendo que iba a tomar venganza de aquella ofensa , y no se tranquilizó hasta que supo el lance , y que D . Luis había sabido tomar venganza por sí , a pesar de su teología .
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