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— Pon atención . . . . Ahora , ahora vuelve a sonar . Es un rumor que no sé si suena lejos , muy lejos , o cerca , muy cerca . Lo mismo podría ser la respiración de mi madre que el chirrido de la veleta que está en la torre de la catedral . ¡ Ah ! Tengo un oído muy fino . — Demasiado fino . . . . Con que , querida prima , te subiré en brazos . — Bueno , súbeme hasta lo alto de la escalera . Después iré yo sola . En , cuanto descanse un poco , me quedaré como si tal cosa . . . . ¿ Pero no oyes ? Detuviéronse en el primer peldaño . — Es un sonido metálico . — ¿ La respiración de tu mamá ? — No , no es eso . El rumor viene de muy lejos . ¿ Será el canto de un gallo ? — Podrá ser . — Parece que suenan dos palabras , diciendo : allá voy , allá voy . — Ya , ya oigo — murmuró Pepe Rey . — Es un grito . — Es una corneta . — ¡ Una corneta ! — Sí . Sube pronto . Orbajosa va a despertar . . . . Ya se oye con claridad . No es trompeta sino clarín . La tropa se acerca . — ¡ Tropa ! — No sé por qué me figuro que esta invasión militar ha de ser provechosa para mí . . . . Estoy alegre . Rosario , arriba pronto . — También yo estoy alegre . Arriba . En un instante la subió , y los dos amantes se despidieron , hablándose al oído tan quedamente , que apenas se oían . — Me asomaré por la ventana que da a la huerta , para decirte que he llegado a mi cuarto sin novedad . Adiós . — Adiós , Rosario . Ten cuidado de no tropezar con los muebles . — Por aquí navego bien , primo . Ya nos veremos otra vez . Asómate a la ventana de tu cuarto si quieres recibir mi parte telegráfico . Pepe Rey hizo lo que se le mandaba ; pero aguardó largo rato y Rosario no apareció en la ventana . El ingeniero creía sentir agitadas voces en el piso alto . XVIII Tropa Los habitantes de Orbajosa oían en la crepuscular vaguedad de su último sueño aquel clarín sonoro , y abrían los ojos diciendo : — Tropa . Unos hablando consigo mismos , mitad dormidos , mitad despiertos , murmuraban : — Por fin nos han mandado esa canalla . Otros se levantaban a toda prisa , gruñendo así : — Vamos a ver a esos condenados . Alguno apostrofaba de este modo : — Anticipo forzoso tenemos . . . . Ellos dicen quintas , contribuciones ; nosotros diremos palos y más palos . En otra casa se oyeron estas palabras , pronunciadas con alegría : — ¡ Si vendrá mi hij ! . . . ¡ Si vendrá mi hermano ! . . . Todo era saltar del lecho , vestirse a prisa , abrir las ventanas para ver el alborotador regimiento que entraba con las primeras luces del día . La ciudad era tristeza , silencio , vejez ; el ejército alegría , estrépito , juventud . Entrando el uno en la otra , parecía que la momia recibía por arte maravillosa el don de la vida , y bulliciosa saltaba fuera del húmedo sarcófago para bailar en torno de él . ¡ Qué movimiento , qué algazara , qué risas , qué jovialidad ! No existe nada tan interesante como un ejército . Es la patria en su aspecto juvenil y vigoroso . Lo que en el concepto individual tiene o puede tener esa misma patria de inepta , de levantisca , de supersticiosa unas veces , de blasfema otras , desaparece bajo la presión férrea de la disciplina , que de tantas figurillas insignificantes hace un conjunto prodigioso .
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