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— ¿ Por dónde se sale ? — dijo el viajero con impaciencia . — Vamos , vámonos de aquí , señor . . . ¿ Cómo se llama usted ? — Me llamo Pedro Lucas — respondió el del paño pardo , repitiendo la intención de quitarse el sombrero ; pero me llaman el tío Licurgo . ¿ En dónde está el equipaje del señorito ? — Allí bajo el reloj lo veo . Son tres bultos . Dos maletas y un mundo de libros para el Sr . D . Cayetano . Tome usted el talón . Un momento después señor y escudero hallábanse a espaldas de la barraca llamada estación , frente a un caminejo que partiendo de allí se perdía en las vecinas lomas desnudas , donde confusamente se distinguía el miserable caserío de Villahorrenda . Tres caballerías debían transportar todo , hombres y mundos . Una jaca de no mala estampa era destinada al caballero . El tío Licurgo oprimiría los lomos de un cuartago venerable , algo desvencijado , aunque seguro ; y el macho , cuyo freno debía regir un joven zagal de piernas listas y fogosa sangre , cargaría el equipaje . Antes de que la caravana se pusiese en movimiento , partió el tren , que se iba escurriendo por la vía con la parsimoniosa cachaza de un tren mixto . Sus pasos , retumbando cada vez más lejanos , producían ecos profundos bajo tierra . Al entrar en el túnel del kilómetro 172 , lanzó el vapor por el silbato y un aullido estrepitoso resonó en los aires . El túnel , echando por su negra boca un hálito blanquecino , clamoreaba como una trompeta , y al oír su enorme voz , despertaban aldeas , villas , ciudades , provincias . Aquí cantaba un gallo , más allá otro . Principiaba a amanecer . II Un viaje por el corazón de España Cuando empezada la caminata dejaron a un lado las casuchas de Villahorrenda , el caballero , que era joven y de muy buen ver , habló de este modo : — Dígame usted , Sr . Solón . . . — Licurgo , para servir a usted . . . — Eso es , Sr . Licurgo . Bien decía yo que era usted un sabio legislador de la antigüedad . Perdone usted la equivocación . Pero vamos al caso . Dígame usted , ¿ cómo está mi señora tía ? — Siempre tan guapa — repuso el labriego , adelantando algunos pasos su caballería . — Parece que no pasan años por la señora doña Perfecta . Bien dicen que al bueno Dios le da larga vida . Así viviera mil años ese ángel del Señor . Si las bendiciones que le echan en la tierra fueran plumas , la señora no necesitaría más alas para subir al cielo . — ¿ Y mi prima la señorita Rosario ? — ¡ Bien haya quien a los suyos parece ! — dijo el aldeano . — ¿ Qué he de decirle de doña Rosarito , sino que es el vivo retrato de su madre ? Buena prenda se lleva usted , caballero D . José , si es verdad , como dicen , que ha venido para casarse con ella . Tal para cual , y la niña no tiene tampoco por qué quejarse . Poco va de Pedro a Pedro . — ¿ Y el Sr . D . Cayetano ? — Siempre metidillo en la faena de sus libros . Tiene una biblioteca más grande que la catedral , y también escarba la tierra para buscar piedras llenas de unos demonches de garabatos que dicen escribieron los moros .
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