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Fijaban luego los ojos en el nunca bastante admirado Renialdos o Caballuco . Indudablemente había en su semblante hermoso , en sus ojos verdes , animados por extraño resplandor felino , en su negra cabellera , en su cuerpo hercúleo , cierta expresión y aire de grandeza , un resabio o más bien recuerdo de las grandes razas que dominaron al mundo . Pero su aspecto general era el de una degeneración lastimosa , y costaba trabajo encontrar la filiación noble y heroica en la brutalidad presente . Se parecía a los grandes hombres de D . Cayetano , como se parece el mulo al caballo . XXIII Misterio Después de lo que hemos referido , duró mucho la conferencia ; pero omitimos lo restante por no ser indispensable para la buena inteligencia de esta relación . Retiráronse al fin , quedando para lo último , como de costumbre , el Sr . D . Inocencio . No habían tenido tiempo aún la señora y el canónigo para cambiar dos palabras , cuando entró en el comedor una criada de edad y mucha confianza , que era el brazo derecho de doña Perfecta , y como ésta la viera inquieta y turbada , llenóse también de turbación , sospechando que algo malo en la casa ocurría . — No encuentro a la señorita por ninguna parte — dijo la criada , respondiendo a las preguntas de la señora . — ¡ Jesús ! ¡ Rosario ! . . . ¿ dónde está mi hija ? — ¡ Válgame la Virgen del Socorro ! — gritó el Penitenciario , tomando el sombrero y disponiéndose a correr tras la señora . — Buscadla bien . . . . ¿ Pero no estaba contigo en su cuarto ? — Sí , señora — repuso temblando la criada vieja ; — pero el demonio me tentó y me quedé dormida . — ¡ Maldito sea tu sueño ! . . . ¡ Jesús mío ! . . . ¿ qué es esto ? ¡ Rosario , Rosario . . . . Librada ! Subieron , bajaron , tornaron a bajar y a subir , llevando luz y registrando todas las piezas . Por último oyóse la voz del Penitenciario en la escalera , que decía con júbilo : — Aquí está , aquí está . Ya pareció . Un instante después madre e hija se encontraban la una frente a la otra en la galería . — ¿ Dónde estabas ? — preguntó con severo acento doña Perfecta , examinando el rostro de su hija . — En la huerta — repuso la niña más muerta que viva . — ¿ En la huerta a estas horas ? ¡ Rosario ! . . . — Tenía calor , me asomé a la ventana , se me cayó el pañuelo y bajé a buscarlo . — ¿ Por qué no dijiste a Librada que te lo alcanzase ? . . . ¡ Librada ! . . . ¿ Dónde está esa muchacha ? ¿ Se ha dormido también ? Librada apareció al fin . Su semblante pálido indicaba la consternación y el recelo del delincuente . — ¿ Qué es esto ? ¿ Dónde estabas ? — preguntó con terrible enojo la dama . — Pues , señora . . . bajé a buscar la ropa que está en el cuarto de la calle . . . y me quedé dormida . — Todas duermen aquí esta noche . Me parece que alguna no dormirá en mi casa mañana . Rosario , puedes retirarte . Comprendiendo que era indispensable proceder con prontitud y energía , la señora y el canónigo emprendieron sin tardanza sus investigaciones . Preguntas , amenazas , ruegos , promesas , fueron empleadas con habilidad suma para inquirir la verdad de lo acontecido . No resultó ni sombra de culpabilidad en la criada anciana ; pero Librada confesó de plano entre lloros y suspiros todas sus bellaquerías , que sintetizaremos del modo siguiente :
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