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— Creo lo mismo que ella . Dada la íntima conexión de Rey con los militares , la cuestión personal se agranda . . . Pero ¡ ay ! sobrina mía , si hace dos días tuve esperanza de que nuestros valientes echaran de aquí a puntapiés a la tropa , desde que he visto el giro que han tomado las cosas ; desde que he visto que la mayor parte son sorprendidos antes de pelear , y que Caballuco se esconde y que esto se lo lleva la trampa , desconfío de todo . Los buenos principios no tienen aún bastante fuerza material para hacer pedazos a los ministros y emisarios del error . . . ¡ Ay ! sobrina mía , resignación , resignación . Apropiándose entonces D . Inocencio el medio de expresión que caracterizaba a su sobrina , suspiró dos o tres veces ruidosamente . María , contra todo lo que podía esperarse , guardó profundo silencio . No había en ella , al menos aparentemente , ni cólera , ni tampoco el sentimentalismo superficial de su ordinaria vida ; no había sino una aflicción profunda y modesta . Poco después de que el buen tío concluyera su perorata , dos lágrimas rodaron por las sonrosadas mejillas de la sobrina : no tardaron en oírse algunos sollozos mal comprimidos , y poco a poco , así como van creciendo en ruido y forma la hinchazón y tumulto de un mar que empieza a alborotarse , así fué encrespándose aquel oleaje del dolor de María Remedios , hasta que rompió en deshecho llanto . XXVII El tormento de un canónigo — ¡ Resignación , resignación ! — volvió a decir D . Inocencio . — ¡ Resignación , resignación ! — repitió ella , enjugando sus lágrimas . — Puesto que mi querido hijo ha de ser siempre un pelagatos , séalo en buen hora . Los pleitos escasean ; bien pronto llegará el día en que lo mismo será la abogacía que nada . ¿ De qué vale el talento ? ¿ De qué valen tanto estudio y romperse la cabeza ? ¡ Ay ! Somos pobres . Llegará un día , Sr . D . Inocencio , en que mi pobre hijo no tendrá una almohada sobre que reclinar la cabeza . — ¡ Mujer ! — ¡ Hombre ! . . . Y si no , dígame : ¿ qué herencia piensa usted dejarle cuando cierre el ojo ? Cuatro cuartos , seis libruchos , miseria y nada más . . . Van a venir unos tiempos . . . ¡ qué tiempos , señor tío ! . . . ¡ Mi pobre hijo , que se está poniendo muy delicado de salud , no podrá trabajar . . . ya se le marea la cabeza desde que lee un libro ; ya le dan bascas y jaqueca siempre que trabaja de noche ! . . . tendrá que mendigar un destinejo ; tendré yo que ponerme a la costura , y quién sabe , quién sabe . . . como no tengamos que pedir limosna . — ¡ Mujer ! — Bien sé lo que digo . . . Buenos tiempos van a venir — añadió la excelente mujer , forzando más el sonsonete llorón con que hablaba . — ¡ Dios mío ! ¿ Qué va a ser de nosotros ? ¡ Ah ! Sólo el corazón de una madre siente estas cosas . . . Sólo las madres son capaces de sufrir tantas penas por el bienestar de un hijo . Usted , ¿ cómo lo ha de comprender ? No : una cosa es tener hijos y pasar amarguras por ellos , y otra cosa es cantar el gori gori en la catedral y enseñar latín en el Instituto . . . Vea usted de qué le vale a mi hijo el ser sobrino de usted y el haber sacado tantas notas de sobresaliente , y ser el primor y la gala de Orbajosa . . . Se morirá de hambre , porque ya sabemos lo que da la abogacía , o tendrá que pedir a los diputados un destino en la Habana , donde le matará la fiebre amarilla . . . .
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