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— XII — Don Francisco de Asís Carraspique era uno de los individuos más importantes de la Junta Carlista de Vetusta , y el que hizo más sacrificios pecuniarios en tiempo oportuno . Era político porque se le había convencido de que la causa de la religión no prosperaría si los buenos cristianos no se metían a gobernar . Le dominaba por completo su mujer , fanática ardentísima , que aborrecía a los liberales porque allá en la otra guerra , los cristinos habían ahorcado de un árbol a su padre sin darle tiempo para confesar . Carraspique frisaba con los sesenta años , y no se distinguía ni por su valor ni por sus dotes de gobierno ; se distinguía por sus millones . Era el mayor contribuyente que tenía en la provincia la soberanía subrepticia de don Carlos VII . Su religiosidad ( la de Carraspique ) sincera , profunda , ciega , era en él toda una virtud ; pero la debilidad de su carácter , sus pocas luces naturales y la mala intención de los que le rodeaban , convertían su piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Asís , para los suyos y para muchos de fuera . Doña Lucía , su esposa , confesaba con el Magistral . Este era el pontífice infalible en aquel hogar honrado . Tenían cuatro hijas los Carraspique ; todas habían hecho su primera confesión con don Fermín ; habían sido educadas en el convento que había escogido don Fermín ; y las dos primeras habían profesado , una en las Salesas y otra en las Clarisas . El palacio de Carraspique , comprado por poco dinero en la quiebra de un noble liberal , que murió del disgusto , estaba enfrente del caserón de los Ozores , en la Plaza Nueva , podrida de vieja . El Magistral se dejó introducir en el estrado por una criada sesentona , que ladraba a los pobres como los perros malos . A los curas les lamería los pies de buen grado . — Espere usted un poco , señor Magistral , haga el favor de sentarse ; el señor está allá dentro y sale en seguida . . . ( Con voz misteriosa y agria . ) Está ahí el médico . . . ese empecatado primo de la señora . — Sí , ya , don Robustiano : ¿ pues qué hay , Fulgencia ? — Creo que Sor Teresa está algo peor . . . pero no es para tanto alarmar a los pobrecitos señores . ¿ Verdad , señor Magistral , que la pobre señorita no está de cuidado ? — Creo que no , Fulgencia ; pero ¿ qué dice el médico ? ¿ Viene de allá ? — Sí , señor , de allá ; y ahí dentro daba gritos . . . viene furioso . . . es un loco . No sé cómo le llaman a él . El parentesco , es cosa del parentesco . El salón era rectangular , muy espacioso , adornado con gusto severo , sin lujo , con cierta elegancia que nacía de la venerable antigüedad , de la limpieza exquisita , de la sobriedad y de la severidad misma . El único mueble nuevo era un piano de cola de Erard . Llegó al salón don Robustiano y salió Fulgencia hablando entre dientes .
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