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« ¡ El humo ! ¡ el calor , la falta de costumbre , la polka después de cenar , las luces ! . . . Cualquier cosa , en fin , aquello no valía nada . Podía continuar la fiesta » . Y continuó . Los del salón se habían enterado : « A la Regenta le había dado el ataque » . « La habían hecho bailar a la fuerza » . Pero pronto se olvidó el incidente , para comentar la conducta de aquellas señoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos . . . . A las seis de la madrugada , al despedirse Paco de Mesía con un apretón de manos , a la puerta del Casino , el Marquesito exclamó : — ¡ Bravo ! ¡ Al fin ! ¿ Eh ? Mesía tardó en contestar ; se abrochó su gabán entallado de color de ceniza , hasta el cuello ; se apretó a la garganta un pañuelo de seda blanco , y al cabo dijo : — Ps . . . . Veremos . Llegó a su casa , la fonda ; llamó al sereno que tardó en venir ; pero en vez de reñirle como solía , le dio dos palmadas en el hombro y una propina en plata . — ¡ Qué contento viene el señorito ! . . . ¿ Del baile , eh ? — Señor Roque , del baile . . . . Y al acostarse , al dejar en una percha una prenda de abrigo interior , de franela , murmuró a media voz don Álvaro , como hablando con el lecho , a cuyo embozo echaba mano : — ¡ Lástima que la campaña me coja un poco viejo ! . . . — XXV — Al día siguiente Glocester delante del Magistral , sin compasión , refería en la catedral todo lo que había sucedido en el baile . « La aristocracia se había encerrado en un gabinete , en el gabinete de lectura , para cenar y bailar , y doña Ana Ozores , la mismísima Regenta que viste y calza , se había desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía » . El Magistral , que no había dormido aquella noche , que esperaba noticias de Ana con fiebre de impaciencia , dio media vuelta como un recluta ; era la primera vez que el puñal de Glocester , aquella lengua , le llegaba al corazón . Pálido , temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo el labio inferior , don Fermín miró a su enemigo con asombro y con una expresión de dolor que llenó de alegría el alma torcida del Arcediano . Aquella mirada quería decir « venciste , ahora sí , ahora me ha llegado a las entrañas el veneno » . De Pas estaba pensando que los miserables , por viles , débiles y necios que parezcan , tienen en su maldad una grandeza formidable . « ¡ Aquel sapo , aquel pedazo de sotana podrida , sabía dar aquellas puñaladas ! » . Después don Fermín se acordó de su madre ; su madre no le había hecho nunca traición , su madre era suya , era la misma carne ; Ana , la otra , una desconocida , un cuerpo extraño que se le había atravesado en el corazón . . . .
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