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— XXIX — « El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros . Me lo han mandado de León lleno de nueces . Será cosa exquisita . Además , tengo vino de mi tierra , un Valdiñón que se masca . . . » . Mesía no faltó a su promesa , y el día de Navidad comió en el caserón de los Ozores . El salón estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros ; la gran chimenea churrigueresca se había conservado con sus ondulantes sirenas de abultado seno de yeso . Don Víctor se contentó con pintar de un blanco gris discreto , como él decía , todas aquellas cornisas , volutas , acantos , escocias y hojarasca . A los postres , el amo de la casa se quedó pensativo . Seguía con la mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra , que servía a la mesa . Después del café pudo notar don Álvaro que su amigo estaba impaciente . Desde aquel verano , desde que habían vivido juntos en la fonda de La Costa , don Víctor se había acostumbrado a la comensalía de don Álvaro ; le encontraba a la mesa más decidor y simpático que en ninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo . Pero otras veces , después de charlar cuanto quería , Quintanar solía levantarse , dar una vuelta por el Parque , vestirse , siempre cantando , y dejar así media hora larga solos a Anita y a su amigo . Y ahora no , no se movía . Ana y Álvaro se miraban , preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella . La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del suelo , y don Víctor hizo a Mesía una seña que quería decir claramente : — Me estorba esa ; si se fuera . . . hablaríamos . Mesía encogió los hombros . Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro , este , sin verlo Quintanar , apuntó a la puerta sin mover más que los ojos . Ana salió en seguida . — ¡ Gracias a Dios ! — dijo su marido , respirando con fuerza — . Creí que no se marchaba hoy esa muchacha . Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él . — Ahora podremos hablar . — Usted dirá — respondió tranquilamente Álvaro , chupando su habano y tapándose la cara con el humo , según su costumbre de enturbiar el aire cuando le convenía . « ¿ Qué tripa se le habrá roto a este ? » , pensó con un vago recelo , que no se explicaba siquiera . Don Víctor acercó su silla a la del otro , y tomó el tono de las grandes revelaciones . — Actualmente — dijo — todo me sonríe . Soy feliz en mi hogar , no entro ni salgo en la vida pública ; ya no temo la invasión absorbente de la iglesia , cuya influencia deletérea . . . pero esa Petra me parece que me quiere dar un disgusto . Movimiento de sobresalto en Mesía . — Explíquese usted . ¿ Ha vuelto usted a las andadas ? — He vuelto y no he vuelto . . . . Quiero decir . . . ha habido escarceos . . . explicaciones . . . treguas . . . promesas de respetar . . . lo que esa grandísima tunanta no quiere que le respeten . . . en suma : ella está picada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar , la pureza de mi lecho , de mi tálamo . . . como si dijéramos , a la satisfacción de efímeros placeres . . . . ¿ Me entiende usted ? Finge que se alborota por defender su honor que , en resumidas cuentas , aquí nadie se atreve a amenazar seriamente , y lo que en rigor la irrita , es mi frialdad . . . .
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