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— IV — La familia de los Ozores era una de las más antiguas de Vetusta . Era el tal apellido de muchos condes y marqueses , y pocos nobles había en la ciudad que no fueran , por un lado o por otro , algo parientes de tan ilustre linaje . Don Carlos , padre de Ana , era el primogénito de un segundón del conde de Ozores . Don Carlos tuvo dos hermanas , Anunciación y Águeda , que con su padre habitaron mucho tiempo el caserón de sus mayores . La rama principal , la de los condes , vivía años hacía emigrada . El primogénito del segundón quiso tener una carrera , ser algo más que heredero de algunas caserías , unos cuantos foros y un palacio achacoso de goteras . Fue ingeniero militar . Se portó como un valiente ; en muchas batallas demostró grandes conocimientos en el arte de Vauban , construyó duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas , y llegó pronto a coronel de ejército , comandante del cuerpo . Cansado de casamatas , cortinas , paralelas y castillos , procurose un empleo en la corte y fue perdiendo sus aficiones militares , quedándose sólo con las científicas : prefirió la física , las matemáticas a las aplicaciones de tales ciencias , al arte , y cada día fue menos guerrero . Pero al mismo tiempo se entregaba a las delicias de Capua , y por fin , después de muchos amoríos , tuvo un amor serio , una pasión de sabio ( o cosa parecida ) que ya no es joven . Loco de amor se casó don Carlos Ozores a los treinta y cinco años con una humilde modista italiana que vivía en medio de seducciones sin cuento , honrada y pobre . Esta fue la madre de Ana que , al nacer , se quedó sin ella . — « ¡ Menos mal ! » — pensaban las hermanas de don Carlos allá en su caserón de Vetusta . Su matrimonio había originado al coronel un rompimiento con su familia . Se escribieron dos cartas secas y no hubo más relaciones . — Si viviera mi padre — pensaba Ozores — de fijo perdonaba este matrimonio desigual . — ¡ Si viviera padre , moriría del disgusto ! — decían las solteronas implacables . Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas señoritas , que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista italiana , su cuñada indigna . El palacio de los Ozores era de don Carlos ; sus hermanas se lo dijeron en otra carta fría y lacónica : « Estaban dispuestas a abandonarlo , si él lo exigía ; sólo le pedían que pensase cómo se había de conservar aquel resto precioso de tanta nobleza » . El coronel contestó « que por Dios y todos los santos continuasen viviendo donde habían nacido , que él se lo suplicaba por bien de la misma finca , que sin ellas se vendría a tierra » . Las solteronas , sin contestar ni transigir en lo del matrimonio , se quedaron en el palacio para que no se derrumbara . A don Carlos le dolió mucho que ni siquiera se le preguntase por su hija . La nobleza vetustense opinó que muerto el perro no se acabase la rabia ; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la suerte de su hija . Tiempo había para proteger a la niña , sin menoscabo de la dignidad , si , como era de presumir , la conducta loca de su padre le arrastraba a la pobreza . Además , se corrió por Vetusta que don Carlos se había hecho masón , republicano y por consiguiente ateo . Sus hermanas se vistieron de negro y en el gran salón , en el estrado , recibieron a toda la aristocracia de Vetusta , como si se tratara de visitas de duelo .
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