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Diciendo y haciendo , cogió la escopeta , apuntó a cualquier parte , y disparó . Volaron hojas y pedazos de rama de un roble próximo , aunque ninguna codorniz cayó herida . — ¡ Marró ! — exclamó el señorito fingiendo gran contrariedad , mientras para sí discurría : « No era bala , eran postas . . . . Le quería meter grajea de plomo en el cuerpo . . . . ¡ Claro , con bala era más escandaloso , más alarmante para la justicia . Es zorro fino ! » . Y en voz alta : — No vuelvas a cargar ; hoy no se caza , que se nos viene la lluvia encima y tenemos que apretar el paso . Marcha delante , enséñanos el atajo hasta Cebre . — ¿ No lo sabe el señorito ? — Sí tal , pero a veces me distraigo . - IX - Como ya dos veces había repicado la campanilla y los criados no llevaban trazas de abrir , las señoritas de la Lage , suponiendo que a horas tan tempranas no vendría nadie de cumplido , bajaron en persona y en grupo a abrir la puerta , sin peinar , con bata y chinelas , hechas unas fachas . Así es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo , que les decía campechanamente : — ¿ A que nadie me conoce aquí ? Sintieron impulsos de echar a correr ; pero la tercera , la menos linda de todas , frisando al parecer en los veinte años , murmuró : — De fijo que es el primo Perucho Moscoso . — ¡ Bravo ! — exclamó don Pedro — . ¡ Aquí está la más lista de la familia ! Y adelantándose con los brazos abiertos fue para abrazarla ; pero ella , hurtando el cuerpo , le tendió una manecita fresca , recién lavada con agua y colonia . En seguida se entró por la casa gritando : — ¡ Papá ! , ¡ papá ! ¡ Está aquí el primo Perucho ! El piso retembló bajo unos pasos elefantinos . . . . Apareció el señor de la Lage , llenando con su volumen la antesala , y don Pedro abrazó a su tío , que le llevó casi en volandas al salón . Julián , que por no malograr la sorpresa de la aparición del primo se había quedado oculto detrás de la puerta , salía riendo del escondite , muy embromado por las señoritas , que afirmaban que estaba gordísimo , y se escurría por el corredor , en busca de su madre . Viéndoles juntos , se observaba extraordinario parecido entre el señor de la Lage y su sobrino carnal : la misma estatura prócer , las mismas proporciones amplias , la misma abundancia de hueso y fibra , la misma barba fuerte y copiosa ; pero lo que en el sobrino era armonía de complexión titánica , fortalecida por el aire libre y los ejercicios corporales , en el tío era exuberancia y plétora ; condenado a una vida sedentaria , se advertía que le sobraba sangre y carne , de la cual no sabía qué hacer ; sin ser lo que se llama obeso , su humanidad se desbordaba por todos lados ; cada pie suyo parecía una lancha , cada mano un mazo de carpintero . Se ahogaba con los trajes de paseo ; no cabía en las habitaciones reducidas ; resoplaba en las butacas del teatro , y en misa repartía codazos para disponer de más sitio . Magnífico ejemplar de una raza apta para la vida guerrera y montés de las épocas feudales , se consumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos , donde el que nada produce , nada enseña , ni nada aprende , de nada sirve y nada hace . ¡ Oh dolor ! Aquel castizo Pardo de la Lage , naciendo en el siglo XV , hubiera dado en qué entender a los arqueólogos e historiadores del XIX .
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