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Aunque Emma volvió al comedor , la sobremesa no duró largo tiempo . Felipe y Eloísa , que se habían empeñado en que tomara parte en su juego de naipes , acusaron de soñolientos mis ojos . Aquél había solicitado inútilmente de mi madre permiso para acompañarme al día siguiente a la montaña , por lo cual se retiró descontento . Meditando en mi cuarto , creí adivinar la causa del sufrimiento de María . Recordé la manera cómo yo había salido del salón después de mi llegada y cómo la impresión que me hizo el acento confidencial de ella fue motivo de que le contestara con la falta de tino propia de quien está reprimiendo una emoción . Conociendo ya el origen de su pena , habría dado mil vidas por obtener un perdón suyo ; pero la duda vino a agravar la turbación de mi espíritu . Dudé del amor de María . ¿ Por qué , pensaba yo , se esfuerza mi corazón en creerla sometida a este mismo martirio ? Consideréme indigno de poseer tanta belleza , tanta inocencia . Echéme en cara ese orgullo que me había ofuscado hasta el punto de creerme por él objeto de su amor , siendo solamente merecedor de su cariño de hermana . En mi locura pensé con menos terror , casi con placer , en mi próximo viaje . Capítulo IX Levantéme al día siguiente cuando amanecía . Los resplandores que delineaban hacia el Oriente las cúspides de la cordillera central , doraban en semicírculo sobre ella algunas nubes ligeras que se desataban las unas de las otras para alejarse y desaparecer . Las verdes pampas y selvas del valle se veían como al través de un vidrio azulado , y en medio de ellas , algunas cabañas blancas , humaredas de los montes recién quemados elevándose en espiral , y alguna vez las revueltas de un río . La cordillera de Occidente , con sus pliegues y senos , semejaba mantos de terciopelo azul oscuro suspendidos de sus centros por manos de genios velados por las nieblas . Al frente de mi ventana , los rosales y los follajes de los árboles del huerto parecían temer las primeras brisas que vendrían a derramar el rocío que brillaba en sus hojas y flores . Todo me pareció triste . Tomé la escopeta : hice una señal al cariñoso Mayo , que sentado sobre las piernas traseras , me miraba fijamente , arrugada la frente por la excesiva atención , aguardando la primera orden ; y saltando el vallado de piedra , cogí el camino de la montaña . Al internarme , la hallé fresca y temblorosa bajo las caricias de las últimas auras de la noche . Las garzas abandonaban sus dormideros , formando en su vuelo líneas ondulantes que plateaba el sol , como cintas abandonadas al capricho del viento . Bandadas numerosas de loros se levantaban de los guaduales para dirigirse a los maizales vecinos ; y el diostedé saludaba al día con su canto triste y monótono desde el corazón de la sierra .
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