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Le acaricié el cuello y las crines humedecidas y lo aguijoneé de nuevo para que se lanzase al río ; entonces levantó las manos impacientado , pidiendo al mismo tiempo toda la rienda , que le abandoné , temeroso de haber errado el botadero de las crecientes . Él subió por la ribera unas veinte varas , tomando la ladera de un peñasco ; acercó la nariz a las espumas , y levantándola en seguida , se precipitó en la corriente . El agua lo cubrió casi todo , llegándome hasta las rodillas . Las olas se encresparon poco después alrededor de mi cintura . Con una mano le palmeaba el cuello al animal , única parte visible ya de su cuerpo , mientras con la otra trataba de hacerle describir más curva hacia arriba la línea de corte , porque de otro modo , perdida la parte baja de la ladera , era inaccesible por su altura y la fuerza de las aguas , que columpiaban guaduales desgajados . Había pasado el peligro . Me apeé para examinar las cinchas , de las cuales se había reventado una . El noble bruto se sacudió , y un instante después continué la marcha . Luego que anduve un cuarto de legua , atravesé las ondas del Nima , humildes , diáfanas y tersas , que rodaban iluminadas hasta perderse en las sombras de bosques silenciosos . Dejé a la izquierda la pampa de Santa R . , cuya casa , en medio de arboledas de ceibas y bajo el grupo de palmeras que elevan los follajes sobre su techo , semeja en las noches de luna la tienda de un rey oriental colgada de los árboles de un oasis . Eran las dos de la madrugada cuando , después de atravesar la villa de P * * * , me desmonté a la puerta de la casa en que vivía el médico . Capítulo XVI En la tarde del mismo día se despidió de nosotros el doctor , después de dejar casi completamente restablecida a María y de haberle prescrito un régimen para evitar la repetición del acceso , y prometió visitar a la enferma con frecuencia . Yo sentía un alivio indecible al oírle asegurar que no había peligro alguno , y por él , doble cariño del que hasta entonces le había profesado , solamente porque tan pronta reposición pronosticaba a María . Entré a la habitación de ésta , luego que el médico y mi padre , que iba a acompañarlo en una legua de camino , se pusieron en marcha . Estaba acabando de trenzarse los cabellos , viéndose en un espejo que mi hermana sostenía sobre los almohadones . Apartando ruborizada el mueble , me dijo : - Éstas no son ocupaciones de enferma , ¿ no es verdad ? pero ya estoy buena . Espero no volver a ocasionarte un viaje tan peligroso como el de anoche . - En ese viaje no ha habido peligros - le respondí . - ¡ El río , sí , el río ! yo pensé en eso y en tantas cosas que podían sucederte por causa mía . - ¿ Un viaje de tres leguas ? ¿ Esto llamas . . . ? - Ese viaje en que has podido ahogarte , según refirió aquí el doctor , tan sorprendido , que aún no me había pulsado y ya hablaba de eso .
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