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Capítulo XXV Despertóme al amanecer el cuchicheo de los niños , que en vano se estimulaban a respetar mi sueño . Las palomas cogidas en esos días , y que alicortadas obligaban ellos a permanecer en baúles vacíos , gemían espiando los primeros rayos de luz que penetraban en el aposento por las rendijas . - No abras - decía Felipe - , no abras , que mi hermano está dormido , y se salen las cuncunas . - Pero si María nos llamó ya - replicó el chiquito . - No hay tal : yo estoy despierto hace rato , y no ha llamado . - Sí , ya sé lo que quieres : irte corriendo primero que yo a la quebrada para decir luego que sólo en tus anzuelos han caído negros . - Como a mí me cuesta mi trabajo ponerlos bien . . . - le interrumpió Felipe . - ¡ Vea qué gracia ! Si es Juan Ángel el que te los pone en los charcos buenos . E insistía en abrir . - ¡ No abras ! - replicó Felipe enfadado ya - : aguárdate veo si Efraín está dormido . Y diciendo esto , se acercó en puntillas a mi cama . Tomélo entonces por el brazo , diciéndole : - ¡ Ah , bribón ! ¡ conque le quitas los pescados al chiquito ! Riéronse ambos y se acercaron a poner la demanda respetuosamente . Quedó todo arreglado con la promesa que les hice de que por la tarde iría yo a presenciar la postura de los anzuelos . Levantéme y dejándolos atareados en encarcelar las palomas que aleteaban buscando salida al pie de la puerta , atravesé el jardín . Los azahares , albahacas y rosas daban al viento sus delicados aromas , al recibir las caricias de los primeros rayos del sol , que se asomaba ya sobre la cumbre de Morrillos , esparciendo hasta el zenit azul pequeñas nubes de rosa y oro . Al pasar por frente a la ventana de Emma , oí que hablaban ella y María , interrumpiéndose para reír . Producían sus voces , con especialidad la de María , por el incomparable susurro de sus eses , algo parecido al ruido que formaban las palomas y azulejos al despertarse en los follajes de los naranjos y madroños del huerto . Conversaban bajo don Jerónimo y Carlos , paseándose por el corredor de sus cuartos , cuando salté el vallado del huerto para caer al patio exterior . - ¡ Opa ! - dijo el señor de M * * * - , madruga usted como un buen hacendado . Yo creía que era tan dormiloncito como su amigo cuando vino de Bogotá ; pero los que viven conmigo tienen que acostumbrarse a mañanear . Siguió haciendo una larga enumeración de las ventajas que proporciona el dormir poco ; a todo lo cual podría habérsele contestado que lo que él llamaba dormir poco no era otra cosa que dormir mucho empezando temprano ; pues confesaba que tenía por hábito acostarse a las siete u ocho de la noche , para evitar la jaqueca . La llegada de Braulio , a quien Juan Ángel había ido a llamar a la madrugada , cumpliendo la orden que le di por la noche , nos impidió disfrutar el final del discurso del señor de M * * * .
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