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Capítulo XXVI Impuesta mi madre de nuestro proyecto de caza , hizo que se nos sirviera temprano el almuerzo a Carlos , a Braulio y a mí . No sin dificultad logré que el montañés se resolviera a sentarse a la mesa , de la cual ocupó la extremidad opuesta a la en que estábamos Carlos y yo . Como era natural , hablamos de la partida que teníamos entre manos . Carlos decía : - Braulio responde de que la carga de mi escopeta está perfectamente graduada ; pero continúa ranchado en que no es tan buena como la tuya , a pesar de que son de una misma fábrica , y de haber disparado él mismo con la mía sobre una cidra , logrando introducirle cuatro postas . ¿ No es así , mi amigo ? - terminó dirigiéndose al montañés . - Yo respondo - contestó éste - de que el patrón matará a sesenta pasos un pellar con esa escopeta . - Pues veremos si yo mato un venado . ¿ Cómo dispones la cacería ? - agregó dirigiéndose a mí . - Eso es sabido ; como se dispone siempre que se quiere hacer terminar la faena cerca de la casa : Braulio sube hasta el pie del Derrumbo con sus perros de levante : Juan Ángel queda apostado dentro de la quebrada de la Honda con dos de los cuatros perros que he mandado traer de Santa Elena : tu paje con los otros dos esperará en la orilla del río , para evitar que se nos escape el venado a la Novillera : tú y yo estaremos listos para acudir al punto que convenga . El plan pareció bueno a Braulio , quien después de ensillarnos los caballos ayudado por Juan Ángel , se puso en marcha con éste para desempeñar la parte que le tocaba en la batida . El caballo retinto que yo montaba , golpeaba el empedrado cuando íbamos a salir ya , impaciente por lucir sus habilidades : arqueado el cuello fino y lustroso como el raso negro , sacudía sus crespas crines estornudando . Carlos iba caballero en un quiteño castaño coral que el general Flores había enviado de regalo en esos meses a mi padre . Recomendada al señor de M * * * la mayor atención , por si el venado venía al huerto como nos lo prometíamos , salimos del patio para emprender el ascenso de la falda , cuyo plano inclinado terminaba a treinta cuadras hacia el oriente , al pie de las montañas . Al pasar dando la vuelta a la casa , por frente a los balcones del departamento de Emma , María estaba apoyada en el barandaje de uno de ellos : parecía hallarse en uno de aquellos momentos de completa distracción a que con frecuencia se abandonaba . Eloísa , que se hallaba a su lado , jugaba con los bucles destrenzados y espesos de la cabellera de su prima . El ruido de nuestros caballos y los ladridos de los perros sacaron a María de su enajenamiento , a tiempo que yo la saludaba por señas y que Carlos me imitaba . Noté que ella permanecía en la misma posición y sitio hasta que nos internamos en la cañada de la Honda . Mayo nos acompañó hasta el primer torrente que vadeamos ; allí , deteniéndose como a reflexionar , regresó a galope corto hacia la casa . - Oye - le dije a Carlos , luego que se pasó una media hora , durante la cual referí sin descansar los más importantes episodios de las cacerías de venados que los montañeses y yo habíamos hecho - ; oye : los gritos de Braulio y ese ladrido de los perros prueban que han levantado . Las montañas los repetían ; y si se acallaban por ratos , empezaban de nuevo con mayor fuerza y a menor distancia .
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