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Juan se puso a llorar tendiéndome los bracitos para que lo tomase . - No , mi amo ; no , mi señor - le decía ella - : son chanzas de tu Mimiya - y lo acariciaba . Mas el niño insistió en que yo lo recibiera . - ¿ Conque eso haces conmigo , Juan ? - continuó María quejándosele - . Bueno , ya el señor está hombre : esta noche haré que le lleven la cama al cuarto de su hermano ; ya él no me necesita : yo me quedaré sola y llorando porque no me quiere más . Se cubrió los ojos con una mano para hacerle creer que lloraba : Juan esperó un instante ; mas como ella persistió en fingirle llanto , se escurrió poco a poco de mis rodillas , y se le acercó tratando de descubrirle el rostro . Encontrando los labios de María sonrientes , y amorosos los ojos , rió también , y abrazándosele de la cintura recostó la cabeza en su regazo , diciéndole : - Te quiero como a los ojitos , te quiero como al corazón . Ya yo no estoy bravo ni tonto . Esta noche voy a rezar el bendito muy formal para que me hagas otros calzones . - Muéstrame los calzones que te hacen - le dije . Juan se puso en pie sobre el sofá , entre María y yo , para hacerme admirar sus primeros calzones . - ¡ Qué lindos ! - exclamé abrazándolo - . Si me quieres bastante y eres formal , conseguiré que te hagan muchos , y te compraré silla , zamarros , espuelas . . . - Y un caballito negro - me interrumpió . - Sí . Abrazóme dándome un prolongado beso , y asido al cuello de María , quien volvía el rostro para esquivarle los labios , la obligó a recibir idéntico agasajo . Se arrodilló donde había estado en pie , con las manos juntas rezó devotamente el bendito y se reclinó soñoliento sobre la falda que ella le brindaba . Noté que la mano izquierda de María jugaba con algo sobre la cabellera del niño , al paso que una sonrisa maliciosa le asomaba a los labios . Con una rápida mirada me mostró entre los cabellos de Juan un bucle de los que me tenía prometidos ; y ya me apresuraba yo a tomarlos cuando ella , reteniéndolos , me dijo : - ¿ Y para mí ? . . . tal vez sea malo exigírtelo . - ¿ Los míos ? - le pregunté . Significóme que sí , agregando : - ¿ No quedarán bien en el mismo guarda - pelo en que tengo los de mi madre ? Capítulo XXXII En la mañana siguiente tuve que hacer un esfuerzo para que mi padre no comprendiese lo penoso que me era acompañarlo en su visita a las haciendas de abajo . Él , como lo hacía siempre que iba a emprender viaje , por corto que fuese , intervenía en el arreglo de todo , aunque no era necesario , y repetía sus órdenes más que de costumbre . Como era preciso llevar algunas provisiones delicadas para la semana que íbamos a permanecer fuera de la casa , provisiones a las cuales era mi padre muy aficionado , riéndose él al ver las que acomodaban Emma y María en el comedor , dentro de los cuchugos que Juan Ángel debía llevar colgados a la cabeza de la silla , dijo : - ¡ Válgame Dios , hijas ! ¿ Todo eso cabrá ahí ? - Sí , señor - respondió María . - Pero si con esto bastaría para un obispo . ¡ Ajá ! eres tú la más empeñada en que no lo pasemos mal .
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