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Capítulo XLI Poco menos que dos semanas habían pasado desde la llegada del sacerdote francés al país de los Kombu - Manez . Sea porque solamente Sinar podía entenderle , o porque gustase éste del trato del europeo , daban juntos diariamente largos paseos , de los cuales notó Nay que su amante regresaba preocupado y melancólico . Supúsose ella que las noticias que daba a Sinar de su país el extranjero debían de ser tristes ; pero más tarde creyó acertar mejor con la causa de aquella melancolía , imaginando que los recuerdos de la patria , avivados por la relación del sacerdote , hacían desear nuevamente al hijo de Orsué el verse en su suelo natal . Mas como la amorosa ternura de Sinar para con ella aumentaba en vez de disminuirse , procuró aprovechar una ocasión oportuna para confiarle sus zozobras . Apagábase una tarde calorosa , y Sinar sentado en la ribera , parecía dominado por la tristeza que en los pasados días de su esclavitud tanto había enternecido a Nay . Ésta lo divisó y se acercó a él con silenciosos pasos . Con la corta y pulcra falda de carmesí salpicada de estrellas de plata ; el amplio chal color de cielo , que después de ocultarle el seno , cruzándolo , pendía de la cintura ; turbante rojo prendido con agujas de oro , y collares y pulseras de ágata , debía estar más seductiva que nunca . Sentóse al lado de su amado ; mas él continuaba meditabundo . Al fin le dijo ella : - Nunca creí que al acercarse la hora antes tan deseada por ti en que mi padre debe hacerme tu esposa , hubieras de estar como te veo . ¿ Te ama él ya menos que antes ? ¿ Soy acaso menos tierna contigo , o no te parezco tan bella como el día en que merecí me confesaras tu amor ? Sinar , fijos los ojos en las fugitivas ondas del Gambia , parecía no haber oído . Nay lo contempló en silencio unos momentos con los ojos cuajados de lágrimas , y su pecho dejó escapar al fin un sollozo . Al oírlo Sinar se volvió con precipitación hacia ella , y viendo aquellas lágrimas , besóla tiernamente , diciéndole : - ¿ Lloras ? ¿ Así recibes la felicidad que tanto hemos esperado y que al fin llega ? - ¡ Ay de mí ! jamás habías sido sordo a mi voz ; jamás te habían buscado mis ojos sin que los tuyos se mostrasen halagüeños ; por eso lloran . - ¿ Cuándo , di , el más leve acento tuyo no turbó el más profundo de mis sueños ; cuándo , aunque no te esperase ni te viese , dejé de sentirte si te acercabas a mí ? - Hace un instante ; y tu inocencia , Sinar , confirma tu desdén y mi desventura . - Perdón , Nay ; perdóname , pues pensaba en ti . - ¿ Qué te ha dicho ese extranjero ? - preguntóle Nay , enjugadas ya sus lágrimas , y jugando con los corales y dientes de los collares del guerrero - ; ¿ por qué buscas con él la soledad que tantas veces me dijiste te era odiosa sin mí ?
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