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Él y Lorenzo se colocaron a uno y otro lado del mío . - ¡ Diantre ! - exclamó el Administrador cuando la luz de la hermosa lámpara de la mesa bañó mi rostro - ¡ qué bozo has traído ! Si no fueras moreno se podría jurar que no sabes dar los buenos días en castellano . Se me figura que estoy viendo a tu padre cuando él tenía veinte años ; pero me parece que eres más alto que él : sin esa seriedad heredada sin duda de tu madre , creería estar con el judío la noche que por primera vez desembarcó en Quibdó . ¿ No te parece , Lorenzo ? - Idéntico - respondió éste . - Si hubieras visto - continuó mi huésped dirigiéndose a él - el afán de nuestro inglesito luego que le dije que tendría que permanecer conmigo dos días . . . Se impacientó hasta decirme que mi brandi abrasaba no sé qué . ¡ Caracoles ! temí que me regañara . Vamos a ver si te parece lo mismo este tinto , y si logramos que te haga sonreír . ¿ Qué tal ? - añadió después que probé el vino . - Es muy bueno . - Temblando estaba de que me le hicieras gestos , porque es lo mejor que he podido conseguir para que tomes en el río . La jovialidad del Administrador no flaqueó un instante durante dos horas . A las nueve permitió que me retirase , prometiéndome estar en pie a las cuatro de la mañana para acompañarme al embarcadero . Al darme las buenas noches , agregó : - Espero que no te quejarás mañana de las ratas como la otra vez : una mala noche que te hicieron pasar les ha costado carísimo : les he hecho desde entonces guerra a muerte . Capítulo LVII A las cuatro llamó el buen amigo a mi puerta , y hacía una hora que lo esperaba yo , listo ya para marchar . Él , Lorenzo y yo nos desayunamos con brandi y café mientras los bogas conducían a las canoas mi equipaje , y poco después estábamos todos en la playa . La luna , grande y en su plenitud , descendía ya al ocaso , y al aparecer bajo las negras nubes que la habían ocultado , bañó las selvas distantes , los mangares de las riberas y la mar tersa y callada con resplandores trémulos y rojizos , como los que esparcen los blandones de un féretro sobre el pavimento de mármol y los muros de una sala mortuoria . - ¿ Y ahora hasta cuándo ? - me dijo el Administrador correspondiendo a mi abrazo de despedida con otro apretado . - Quizá volveré muy pronto - le respondí . - ¿ Regresas , pues , a Europa ? - Tal vez . Aquel hombre tan festivo me pareció melancólico en ese momento . Al alejarse de la orilla la canoa ranchada , en la cual íbamos Lorenzo y yo , gritó : - ¡ Muy buen viaje ! Y dirigiéndose a los dos bogas : - ¡ Cortico ! ¡ Laureán ! . . . cuidármelo mucho , cuidármelo como cosa mía . - Sí , mi amo - contestaron a dúo los dos negros . A dos cuadras estaríamos de la playa , y creí distinguir el bulto blanco del Administrador , inmóvil en el mismo sitio en que acababa de abrazarme . Los resplandores amarillentos de la luna , velados a veces , fúnebres siempre , nos acompañaron hasta después de haber entrado a la embocadura del Dagua .
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